Etiquetas

Ford,R. Incendios, Ed, Anagrama. Colecc.Compactos. Barcelona. 1991

Ford narra a través del personaje de Joe, un adolescente hijo único de una familia que se traslada a Great Falls durante los años sesenta atraída por la fiebre del petróleo, los tres días más difíciles que residen en la memoria y la mirada del desconcertado chaval.

Con un lenguaje sobrio y preciso deja entrever cómo  la supuesta algarabía que debían encontrar en “la tierra prometida” se convierte en un desánimo generalizado ante los incontrolables incendios que se propagaban por los bosques cercanos sin que pareciera posible extinguirlos. Ante el panorama desolador, Jerry el padre de Joe se alista como voluntario para luchar contra los incendios,  ante el desagrado y la negativa insinuada de la madre. Aquí se inicia el periplo desolador y la entrada a empujones en el mundo adulto de Joe. Los incendios funcionan en el relato como símbolos de aquello que destruye lo que no debería ser destruido, y es en este sentido que un adolescente experimenta siempre una entrada abrupta en el mundo, en cuanto se apercibe de que los adultos en lugar de sofocar los propios incendios huyen a extinguir los ajenos con la fantasía de que los suyos se apagarán con el tiempo; y lo único que éste hace es propagarlos, destruir irremediablemente todo cuanto alcanza. Por eso Joe asiste entre incrédulo y perplejo al proceso de seducción de su madre a Warren Miller, o visto desde la mirada del propio Joe al desmoronamiento de su familia, sintiéndose preso de dos afectos irrenunciables, y entre los cuales siente que le va a tocar elegir: el de su padre y el de su madre.

De esta manera Richard Ford hace patente las contradicciones o incoherencias que asolan a los adultos y que resquebrajan la esperanza de los que nos siguen, en la medida en que hemos cometido el error de presentarnos como bosques protegidos de cualquier incendio. Hay pues, un llamamiento a no ocultar la posibilidad de salir ardiendo y la necesidad de ocuparse de las propias llamas porque los adultos también siguen creciendo. Esto sirva quizás, a los que debemos iniciar en la vida a estar siempre alerta de sus propios incendios y acudir prestos a sofocarlos.