Lenguaje y pensamiento

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El lenguaje desnuda lo más absurdo de nuestro pensar. Cuando, por ejemplo afirmamos no quiero nada, estamos diciendo en realidad quiero algo, porque si nada no es querido por mí, la única posibilidad es que lo sea algo. En este laberinto lingüístico, acabamos dudando de nuestro propio pensar y esto nos lleva a escudriñar con más ahínco y precisión lo que propiamente queremos y pretendemos expresar.

Así, tal vez deberíamos manifestarnos musitando no quiero nada, pero me ha sobrevenido y no puedo zafarme de ella, de esta guisa comprenderíamos que quien habla se siente víctima de un asalto contra su voluntad, y que su habla es un llamamiento de auxilio a los otros que se hallan desprovistos de la nada. Él tiene que desprenderse de esa mordaza que acalla su querer, para poder aspirar a algo. Se entiende de esta forma que diga no quiero nada, que no es otra cosa que decir liberarme de la nada para poder querer.

Trampas del lenguaje que enredan el pensar, o pensares confusos que lingüísticamente quedan evidenciados.

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