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Lo verdaderamente macabro de un ataque con armamento químico es que tiene por objetivo primordial el exterminio de la población civil. Es un  holocausto con tecnología avanzada, sin cámaras de gas ni crematorios, formas más burdas de masacrar. La primera bomba atómica solo fue un experimento indiscriminado, salvaje y por el cual nadie ha sido enjuiciado, cuando deberían haber pasado por los tribunales internacionales, al igual que los responsables nazis. La masacre que se llevó a cabo principalmente en Hiroshima y Nagasaki debe ser analizada desde su voluntad y su intención, desde esas mentes psicopáticas que se aceleraron a probarla antes de que la guerra se esfumara como marco legitimador.

Esos que hoy se otorgan, como ya nos tienen acostumbrados, el poder de juzgar como tribunal supremo al supuesto autor de un ataque con armamento químico, son los que lo pusieron al alcance del mundo. Teniendo en cuenta, además, que la autoría del atentado químico no parece tan diáfana, ni clara, cabría esperar una investigación para clarificar lo sucedido. Luego sí, debería ser penado para sorprendernos a todos. Si puede ser, por favor, no con bombardeos que vuelvan a maltratar y matar a inocentes que no tienen voz, ni medios para nada, pero son los escudos humanos sobre los que recae la dialéctica armamentística.

De hecho, la historia no cambia, es una verborrea patética de los poderosos sobre los cadáveres y supervivientes anónimos que configuran “el pueblo”.