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¿Qué sucedería si alguien anunciara con una semana de antelación su suicidio? Obviamente a las personas más próximas –las que él considera “los suyos”- sin desvelar ni el lugar ni la forma de tal acontecimiento. Simplemente para que, los que lo llorarán, tengan la oportunidad de despedirse. La cuestión no  es ociosa, si consideramos que una de las quejas habituales de los que sufren la pérdida de un ser querido por autolisis, es que no había manifestado ni su malestar, ni sus deseos de quitarse la vida y que se sienten traicionados. De entrada parece que esta comunicación por parte del presunto suicida aliviaría esta sensación de vacío contundente una vez producida la muerte. Pero, dejarían que la persona que ha tomado esa decisión pudiera vivir su última semana en paz sin que ese tiempo se convirtiera en una continua batalla de justificación y lucha por mantener su decisión. ¿No intentarían todos evitar semejante desenlace? ¿No sería la peor semana de vida para el individuo que ha decidido quitársela y procedería quizás a precipitar los acontecimientos?

Parece que hay cosas que son como deben ser. Por mucho dolor que provoquen, quien decide acabar con su vida debe afrontarlo en la más estricta soledad. Aunque eso pueda parecer egoísta –que en absoluto lo es, a mi juicio- a los que se quedan tras él, el suicidio no puede ser un acto comunitario porque no es soportable, ni puede exigírsele a nadie que sostenga ese peso.

La soledad es, al fin y al cabo, la estancia donde todos acabamos residiendo, cómo no, va a ser así, en el momento de morir.