¿Qué responder a un infante inquisitivo que nos azuza con preguntas cuyas respuestas son complejas, profundas o ni tan siquiera las hay?
Recuerdo hace muchos años una noche privilegiadamente estrellada, en la montaña, con mi sobrino David que contaba tan solo con cinco años. Tras haber recibido abundantes explicaciones sobre los conjuntos estelares y planetas que desde allí se observaban, se dirigió hacia mí y me espetó: -Tía ¿las estrellas tienen ojos?- ante la respuesta evidente que estaba segura dela que él disponía por anticipado, le retorné la cuestión –Tú ¿qué crees?-, -Que no- aseguró. Tras unos segundos, volvió a lo que auténticamente hervía en su interior –Entonces, ¿Las estrellas sienten que son ellas? Voilà!
David se estaba cuestionando si la conciencia de la propia existencia provenía de la constatación material de estar en el mundo como algo. Para ello, le parecía obvio que el sentido que proporcionaba esa garantía era la vista, porque evidentemente no conocía las meditaciones cartesianas. Bromas al margen, la lógica infantil refleja a menudo el recorrido de lo que el sentido común nos indicaría, e incluso aquello a lo que con un análisis más riguroso algunos círculos filosóficos han llegado a sostener: la existencia, en cuanto determinación material, es nuestra forma de ser en el mundo y ni tenemos certeza de otra, ni podemos con rigurosidad suponer otra en tiempo alguno. Así, solo la constatación de nuestro cuerpo puedo ser el punto de partida de nuestro yo, de nuestra conciencia, al contrario de lo que suponía Descartes, y en la línea de lo que hasta un niño de cinco años, como David, sabría –ya lo dijo Groucho Marx-
De tal manera, que nuestra atención y finura ante las cuestiones planteadas por los niños nos reporta una riqueza inimaginable porque su mirada es sustancialmente renovadora.
