República Independiente de Catalunya

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Cuando un individuo, al no formar parte de Estado alguno constituido ni reconocido, se le despoja de derechos y de su categoría de ciudadano, que no conoce las leyes, porque no las hay, que rigen ese nuevo Estado, ni judicatura alguna donde exigir el cumplimiento de lo que para los fundadores de la llamada República posee un valor muy relativo si entorpece sus fines, siente vivir en un caos en el que reina el amiguismo de los vencedores y los vencidos. Aunque del relato pueda hacerse otras lecturas.

Ayer festejaban muchos la proclamación de una República independiente como un fin en sí mismo, sin pensar en el día de después. Aun suponiendo que el Estado español en un acto de desprecio dijese: ahí  os quedáis, aunque no os reconozco como Estado, y a este gesto siguiese el de la Unión Europea, porque no cabe siendo realistas otra respuesta, ¿Qué haría Catalunya para subsistir? Hay necesidades perentorias que cubrir a diario que no pueden ser pospuestas por parte de los gobiernos, ¿cómo gestiona eso en un Estado que no se ha financiado aún y que corta por lo sano con aquel del que dependía? Una cosa son las aspiraciones y los deseos, otras señores políticos las posibilidades y los millones de ciudadanos que dependen de ustedes, que son siete y no dos millones. Cierto es, que un estudio de la propia Generalitat sobre el perfil socioeconómico del independentismo evidenciaba que a mayor poder adquisitivo aumentaba la adhesión al ideal independentista. Lo cual indica que acaso sea ocupación de quien no padece las penurias de fin de mes y tal vez de quienes esperan mayor bienestar cuando el círculo de los poderosos les sea más próximo.  Sumados los jóvenes estudiantes que sustentados por sus padres ha encontrado un relato motivador en una era vacía.

No sé si hay nación que en este mundo globalizado pueda dar tal salto al abismo. A no ser que tenga claro y esté deseando ser rescatada. Difícil dilucidar a estas alturas quién mueve una pieza y su auténtica intención.

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