Todo juicio formulado posee cierto grado de dogmatismo. Esta tesis puede  justificarse tanto en el ámbito epistemológico como en el axiológico, aunque aquí vamos a ocuparnos de éste último. Cuando enunciamos un juicio del tipo “se debería…”, estamos presuponiendo que hay un deber que tendría que orientar nuestras acciones, que ese deber es reconocible de forma objetiva y, por ende, que aquellos que no se someten al imperativo no hacen lo que sería deseable. Juicios de este tipo son inevitables –lo cual no implica que debieran ser evitados- porque no podemos decir nada sobre nuestras acciones y las de los otros sin acotar y descartar algunas de ellas. Así, quienes consideran que el sistema social impone formas únicas de vida y reivindica alternativas a ese monopolio, no deja, de alguna manera, de enjuiciar como válido lo que propone como mejor y erróneo lo anterior. En la medida en que formulamos posibles formas de acción o de vida que nos parecen las apropiadas estamos haciéndolo desde una convicción arraigada que nos conduce inexorablemente a un cierto dogmatismo. Por mucha tolerancia de la que queramos hacer alarde, estamos inmersos en la creencia de que respetamos lo otro aunque “lo bueno” es lo nuestro. Cualquier otra actitud seria hipócrita. Por eso, enunciar juicios equivale a sustentar una actitud dogmática, sin la cual nuestros juicios serían apariencias insustanciales. Los mismos escépticos son dogmáticos cuando niegan la validez objetiva de ningún juicio, como un juicio válido en sí mismo.

Estas observaciones son relevantes si las aplicamos al panorama político, social y económico del momento. Existe diversidad de actitudes ante lo que nos presenta la realidad. Desde aquellos que por impotencias se abstienen y aíslan de lo que acontece, hasta aquellos que dedican parte importante de su tiempo a un compromiso activo. Entre estas dos, toda una gama multicolor difícil de pautar. En el momento, en que cada uno de ellos da cuenta de su actitud, la explica, la justifica, intenta mostrar que esa es la actitud más coherente como respuesta a las circunstancias que se suceden. En ese preciso instante, en su mente existe la convicción de que sólo su actitud es aceptable y que la del resto no contribuye a nada bueno. Presupone que otros “deberían…” manifestarse, protestar, inhibirse, votar otro partido, luchar a través de la escritura,…Volvemos al monopolio y al dogmatismo. Creer que todos debemos hacer lo mismo, no es aceptar la diversidad ni el derecho de cada uno a ser y ofrecer lo que considera. Por eso cuando adoptamos una actitud de observación y enjuiciamiento de la realidad –en el sentido mencionado- caemos en el dogmatismo que tanto criticamos. Cada época tiene sus tabús. El dogmatismo es uno de los tabús postmodernos, porque constituye una de aquellas etiquetas bajo la cual nadie admite situarse y es percibido como inadmisible, retrógrado y casi algo inefable. Paradójicamente, todos somos en parte aquello que repudiamos. Por ello deberíamos –otra vez- admitir nuestro dogmatismo ante las actitudes y acciones ajenas, aunque eso sea reconocernos algo esquizofrénicos.