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La crucifixión puede percibirse como un símbolo, sobre todo para los no iniciados en cuestiones teológicas, del castigo que padecen los honestos y consecuentes, aquellos cuya coherencia entre principios y acción no presenta más fisuras que las ajenas a la propia voluntad y querer. Pero, también como la devastada ventura que sufren muchos humanos por el simple hecho de vivir.

Puestos a elegir, siempre compensa más ser crucificado por virtud, que por un azar casi sospechoso.