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El sistema social ha intentado centrifugar lo diferente y lo normal para  depurar sus límites, insertando un mazazo mortal a quien pretenda legitimar insurgencias en nombre de la igualdad. Pero, puesto que este sistema no aspira al bienestar de sus miembros, ha ninguneado a lo distinto o anormal inerme y sin fuerzas para rebelión alguna. Así, la sociedad aparenta ser un conglomerado diverso cuando, en realidad, no es más que un aparador de grupúsculos neutralizados, unos por su falaz integración, otros por ser ignorados en su profunda anormalidad.