A menudo se habla de los poetas y filósofos malditos, cuando, si lo son, es por haber vislumbrado los límites del absurdo y el dolor humanos. Es paradójico, sino puro cinismo, denominar a quien con coraje se ha situado al borde de los tabús que se nos han impuesto, como maldito. Porque esa maldición debería propagarse como una posible versión vital que es menester conocer para decidir los propios relatos existenciales. Pero los filtros del poder que decide qué es políticamente correcto, no puede consentir la toma de conciencia de quienes deben someterse para sustentar el orden establecido.
Malditos lo que acallan voces críticas para domeñar a la masa.
