Tristes días se suceden en el interior de aquellos que, merodeando por el otoñal espacio de la vida, se han sumergido progresivamente en la evidencia de que estas fechas ilustran, año tras año, las dolorosas contradicciones de la vida en familia. Depuesta esa falsa magia de unos reyes imaginarios y de un héroe aniñado que debía salvar el mundo, tan solo degustamos ese agrio sabor que nos despojó a todos de la infancia, y que se traspone súbitamente en un tiempo en que se manifiestan las carencias, los sueños rotos, y la realidad nos deglute sin piedad, para que sepamos quiénes somos, esos mediocres humanos que destilamos rencor, dolor y silencio cortesano, en estos días a los que la luminosidad del sol les es absolutamente indiferente.
Se truncó ese sentido publicitario de la felicidad navideña, aunque conservemos las formalidades, porque son más los que desean que pasen, que los que se reconfortan en el seno de estas fiestas.
