Las ideologías a debate

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Desde el momento en que alguien se adhiere a una  ideología –de esas establecidas ya con solera- debería derivar consecuentemente lo que es pertinente. Cierto es que ocurre, que esa coherencia lógica puede llevarnos a juicios de valor espeluznantes. Y no porque no sean políticamente correctos, sino porque vulneran la dignidad de las personas. Si habiendo llegado a estas conclusiones, a quien sustenta esas premisas ideológicas le generan pudor y grima por estremecedoras, debería talvez cuestionar esas premisas ideológicas que había asumido como propias.

No obstante, esta coherencia argumentativa con lo que denominamos “ideologías” no acostumbra a concluirse porque el límite, por demagogia o vergüenza, lo determina lo que se considera en el contexto actual  políticamente correcto. Y esto último se da de bruces  incluso con el pensamiento único predomínate: el neoliberalismo de corte utilitarista que lejos de desarrollar toda su ristra argumentativa para aterrizar en conclusiones hirientes, se zafa por vericuetos que curiosamente contribuyen a su expansión sin dañar sensibilidades, por obviar esas evidencias que deberían explicitarse.

Así, hoy casi nadie rastrea sus supuestos ideológicos hasta sus últimas consecuencias, porque quien lo hace es repudiado y no por sus premisas que serían el objeto a reprobar, sino por sus consecuentes consideraciones de naturaleza, a veces, abominables.  

Lo dicho hasta ahora pretende evidenciar la necesidad de coherencia con la ideología que se sostiene para que cualquiera pueda llevar a análisis y crítica cualquiera que sea el corpus ideático, y cuestionar si son adecuadas en la actualidad ideologías surgidas hace un par de siglos o más, por mucha adaptación a la que hayan sido sometidas.

Esta reflexión surge de la constatación de la complejidad cultural, racial y diversa en las formas de vida de las sociedades contemporáneas, que parecen crujir cuando de lo teórico descendemos a lo particular y constatamos la poca adherencia que esas ideologías tienen hoy con lo que se da y hay, aunque se pretendan soslayar esos chirriantes desacuerdos con el recurso a lo políticamente correcto.

Quizás la muerte de los absolutos no se arraigó tan fuertemente en la totalidad de la política como hubiéramos supuesto, y aquella ideología liberal que parecía capaz de contener bajo el principio de la libertad del individuo, cualquier necesidad o exigencia, ha devenido por su adhesión casi ineludible al utilitarismo capitalista, en el absoluto camuflado que se abstiene de afirmar lo inadmisible, aunque de facto se halle implícito.

No es empresa fácil sostener una coherencia de ideas para ningún humano que se halla en relación dialéctica con el mundo, porque las incongruencias acechan por doquier. Pero, tal vez, sea el momento de admitir que un relato de naturaleza dogmática, y nada permeable a su revisión permanente, no sea la  forma más idónea de analizar e intervenir en la realidad. O, inclusive que los principios invulnerables deben referirse antes al respeto y la dignidad de las personas, e intuyo que son muy pocos, que a propuestas de organizaciones sociales cerradas que acaban asfixiando a los individuos.

Ser coherente con una ideología es una exigencia, pero puede llevarnos a enunciar lo inadmisible para nosotros mismos. Así, en un contexto más fluctuante de lo que Heráclito hubiera podido imaginar nunca, deben prevalecer unos pocos principios inviolables a partir de los cuales podamos repensar formas de vida congruentes.

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