Sobre por qué las piedras no hablan

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El derrumbamiento a causa de las llamas encrespadas de la catedral de Notre Dame  ha sido un tremendo batacazo para los franceses por su carácter emblemático, y para cualquier amante del arte que ha presenciado como uno de los testigos del gótico más elaborado se iba consumiendo tras cada combustión.

Pero, quizás la humillación y la desesperanza que han sentido muchas personas al observar atónitos cómo al cabo de cuatro días, de forma espontánea y generosa, el gobierno se encontraba con donaciones por un importe que supera los ochocientos millones de euros, ha multiplicado por n veces la tristeza por el hundimiento de unas piedras puestas con arte y estilo.

¿Puede haber personas que se sientan llamadas a conservar el patrimonio nacional, a costa de su riqueza, y que no se sienta interpeladas por la ingente cantidad de humanos: hombre, mujeres y niños que mueren desnutridos por el hambre, o por enfermedades, que no deberían ser mortíferas, por falta de atención sanitaria y fármacos? ¿Puede la sensibilidad humana sentirse herida por un edificio y absolutamente indiferente ante la miseria y la injusticia que “quema” con la misma bravura la catedral de Notre Dame que el derecho a la vida de millones de personas?

Cuesta digerirlo, pero sí: hay personas que han olvidado quiénes son; que se sienten más cercanas a los bienes materiales que al sufrimiento agónico e imperativo –sin salida- ajeno. Que de forma voluntaria donan millones para reconstruir catedrales –no sé si creen estar comprando el cielo- pero no se les revienta una vena del cerebro ante las imágenes de niños esqueléticos, rodeados de moscas y sobreviviendo por tiempo escaso.

Somos la especie más demoniaca del planeta, porque la autoconciencia nos permite optar y decidir, y las prioridades brotan de nuestro ego más profundo, envueltos en un mundo de y para los ricos.

Será una catedral reconstruida sobre la sangre de los míseros, pobres y marginados que han sido cosificados y menospreciados en competencia con unas piedras añejas que parecen merecer más atención que sus vidas.

Cada cual es libre, ciertamente de invertir su riqueza. Eso es lo más patético que siendo “libres” elijamos piedras frente a humanos. El tiempo y los acontecimientos contribuyen cada vez más a que añore no haber sido un perro.

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