Re-conocer: la posibilidad filosófica.

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El término “reconocer” puede entenderse, al menos y para lo que aquí nos ocupa, en un doble sentido: el primero como un acto de identificar lo permanente ya conocido, tras un largo lapso de tiempo en el que se han producido cambios aparentemente significativos en “la cosa”, o un segundo significado que implica la actualización constante del conocer aquello cuya idiosincrasia, paradójicamente, va mutando por su volatilidad ante los sucesos e influjos externos.

Aquí, usamos la expresión filosofía del reconocimiento aplicando la segunda acepción, ya que entendemos que lo que hay, “la cosa” se muestra con apariencias metamorfoseadas que nos exigen adoptar la actitud de quien nunca llega a aprehender genuinamente nada, porque el fluir es tan intenso que cuando lo creemos conocido, ya estamos exigidos al intento de reconocerlo –volver a conocer algo tal y como se presenta ahora-

No obstante ¿estamos afirmando que nada hay de auténtico ni en el mundo ni en nosotros, porque no hay posibilidad de rezumar nada propio? Exactamente no. La pretensión es constatar que la filosofía hoy es un ejercicio de elasticidad mental, en su proceso de aprehensión y análisis, que debe adaptarse a la plasticidad de un mundo, y por ende de nosotros que lo conformamos, en el que nada debe darse por supuesto y en el que la capacidad de re-conocer es condición necesaria para comprender qué hay, qué tendencias lo transforman y reorientar así aquello que consideremos pertinente para el beneficio de lo más profundamente humano –lo que deberíamos ser si las inercias del mal fueran neutralizadas-

Es una empresa inmensa la voluntad de transmitir lingüísticamente lo inefable, y la filosofía del reconocimiento, consciente de esta incapacidad, ahonda tozudamente en aproximarse a la expresión de un ente mutable que no se deja atrapar, oscilando y deambulando cual nómada desnortado que se cobija ahí donde ve oportuno resguardarse. Así, para la filosofía, la metáfora es un recurso imprescindible sin el cual la proximidad a lo que hay sería inviable. Lejos de acusarla de disciplina sin rigor o banal, cabe despuntarla como aquella que sin prejuicios se sirve del tipo de lenguaje que en cada circunstancia permite una captación más ajustada de lo que nos debatimos por entender.

En síntesis, no cabe la adopción de normas  o imperativos que impidan la actividad filosófica en su intento de aprehensión del mundo, sino la asunción de que el acto de re-conocer exige la praxis de una anomia metodológica que posibilite la máxima apropiación cognitiva de cómo funciona el mundo que hemos gestado, fruto de nuestra contradicción interna y bipolar de querer lo bueno-malo y lo malo-bueno, a veces simultáneamente.

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