Reseña de “La embriaguez de la metamorfosis” S.Zweig. Ed.Acantilado.

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Stefan Zweig

“La embriaguez de la metamorfosis”

Ed. Acantilado. Barcelona 2002

Traducción de Adan Kovacsics

“Las dos partes de la novela, cuya acción se desarrolla en el año 1926, guardan una estrecha relación, pero están claramente separadas en cuanto a los hechos y al ambiente. Así como al principio el núcleo está constituido por las experiencias vividas en el mundo brillante de una estación de verano suiza, en la segunda parte –su reverso- la atención se centra en la atmósfera opresiva de la época de la postguerra y de una existencia pequeño burguesa, que hace madurar el proyecto de un desfalco de grandes proporciones” (esta segunda en Austria)

Walter Hinck

Esta novela póstuma de Zweig hace alarde de la mejor prosa desplegada por este novelista, ensayista y biógrafo. Nacido en Viena en 1881 en el seno de una familia judía, creyó ver al principio del nacionalsocialismo una revolución de los jóvenes llamada a erradicar la corrupción de las instituciones. Al cabo de los años se vio perseguido por el régimen nazi, exiliándose a Londres, Nueva York y por último a Petrópolis –Brasil- donde se suicidó junto a su esposa en 1942, absolutamente desbordado por los acontecimientos y brutalidades que observó arrasaban Europa.

El título de la novela que nos ocupa es una lograda metáfora de la realidad que transmite en la obra. Una metamorfosis que se produce en la persona que pasa de vivir en el rigor y las estrecheces de la pobreza, a un ambiente deslumbrante, despreocupado y lleno de disfrute y sosiego del que disfruta la alta burguesía. Es una transformación interna que va germinando en el interior de Christine cuando al llegar a Suiza, a casa de sus tíos a pasar los meses de verano, descubre cómo altera de raíz la vida en un bienestar adinerado. Todo adquiere un colorido intenso que se va expandiendo hasta envolver toda la persona de esta joven que, en su interior, cree haber descubierto la causa de su desidia y que desearía perpetuar ese sueño en el que se halla inmersa.

La descripción de esta metamorfosis de la protagonista está narrada por Zweig con tal agudeza y  perspicacia psicológica que penetra en el lector de tal manera que este acaba sintiéndose Christine. Esa joven que llega con ropa vieja, desaliñada hasta sentirse ridícula a una zona veraniega de Suiza y que acaba experimentando una auténtica embriaguez, porque como reza el dicho popular a lo bueno es fácil acostumbrarse.

Esta experiencia marca un punto de inflexión en la vida de la protagonista que tendrá que lidiar posteriormente con su vida, su realidad, esa de la que sentía huir desde que descubrió la luminosidad de otra forma de vida.

Y aquí se va desvelando la sugerente crítica que Zweig realiza, a la vez que nos deleita con una narrativa hipnótica porque nos traslada al alma misma de quien vive, padece y sufre en su novela. Una crítica de cómo el dinero, las posesiones materiales determinan irreversiblemente las condiciones de la existencia de las personas haciéndolas insoportables. Sobre todo, y aquí podríamos sentir los ecos de quienes le han precedido y vislumbrado que una vez que se conoce algo mejor, más amable, más benéfico es, casi imposible, el retorno a la caverna de la carencia y la falta. En este caso, el autor muestra cómo gestiona su vida la protagonista, una vez ha experimentado la luz de las oportunidades que brinda una vida de abundancia.

Recordemos que la novela se contextualiza en la época de la postguerra y por ello Zweig se hace eco de la fractura entre los que poseen medios sobrados de vida y los que, a duras penas, con su trabajo consiguen cubrir gastos. Esta brecha no parece ser presentada como circunstancial, sino como un abismo que hace de la existencia de las personas algo  digno o algo despreciable.

Una metamorfosis vital, propiciada por los bienes materiales en una época de sangrante escasez, que lleva a un estado de embriaguez; es decir, a un sueño del que nadie querría despertarse en caso de verse, por fortuna o desgracia, sumido en él durante un periodo de tiempo.

Ahora bien, esa embriaguez tiene un umbral a partir del cual la exaltación del ánimo se trunca. Bien porque, como dijera Epicuro, nuestra capacidad para experimentar placer o intensidad de emociones beneficiosas es limitada, bien porque los acontecimientos cercenan ese estado; precipitándonos a un descenso al averno, precisamente porque la metamorfosis no tiene retroceso.

Nada de lo que aquí pueda ser explicado hace justicia al viaje, emotivo  y duro a la vez, en el que nos embarca el autor con su privilegiado uso de la lengua que, y sirvámonos de su acertada metáfora, metamorfosea al lector mientras este de desliza entre las páginas de esta imprescindible novela.

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