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Ansiosa me negaba a traspasar el dintel de la puerta de mi habitación; esa que espejeaba trágicamente el tumulto interior que me azoraba. Me había impuesto un propósito y de su cumplimiento dependía que se desmoronara ad infinitum mi autoestima.
Por ello, asida con rabiosa tenacidad al estante que ornamentaba una de las paredes, acometía el asunto sometida al embate de pulsiones que ni el mismísimo Freud hubiera podido imaginarse.
La tensión se incrementaba; mi voluntad trataba de mantener la compostura, esa fortaleza que dicen que proporciona el querer. Pero ya no lograba recordar ni qué empeño me movía a sostener tal tesón, ni a qué se debía esa lid desatada contra mí misma; ni tan siquiera qué quería si es que algo había para querer.
Extenuada y habiendo perdido el sentido de aquella tortura física y mental, me dejé ir; me despegué de la balda maldita y mi cuerpo…
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Excelso! El estilo que mantienes durante todo el relato, la tensión, el análisis psicológico…
El chocolate es adictivo, pero creo que de alguna manera lo necesita el cuerpo; es una gran fuente de energía.
Pero ese debate de la protagonista, esas reflexiones, son buenísimas.
Un abrazo.
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Muchísimas gracias Javi, te voy a otorgar el título de fan de honor.. Jajajaja
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Je, je. Siempre lo había sospechado, pero ahora lo he confirmado: tu magnífica prosa aumenta los niveles de serotonina más que el cacao, y si te lee uno mientras come chocolate, pues el efecto se potencia. Ahora que me acuerdo –¿ves? ya empiezo a notar los efectos beneficiosos de tus escritos–, creo que tengo algo de chocolate en la cocina. Allá que voy ;D
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Jajajaja jajajaja.. Gracias buen provecho!!!
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