Sócrates ¿un dialéctico?

7 comentarios

Podríamos afirmar algo que puede resultar discutible, a saber: que la dialéctica socrática no es auténtica dialéctica porque su fundamento es la ironía, el fingimiento de decir lo que le aproxima a su interlocutor, con el objetivo de llevar a este a la conciencia de la propia ignorancia, cuando inicialmente la autodesvaloración irónica mostraba al mismo Sócrates como el ignorante. La conclusión es que nadie es capaz de definir lo auténticamente real porque el lenguaje deviene insuficiente para ello y a lo único que podemos aspirar es a experimentar —como fulgores fugaces en el tiempo— lo justo, lo bello, lo bueno, …nuestra existencia es anhelo, carencia y, en este sentido, impulso erótico nunca satisfecho.

Una dialéctica desplegada según el logos no puede prever de antemano síntesis alguna porque, si así fuese, sería una farsa. No es quizás Sócrates el exponente de un modelo de diálogo que posibilite la confluencia legítima de una conclusión. A aquellos profesores que hemos —yo me hallo entre ellos— defendido como método de aprendizaje la mayéutica socrática nos ha faltado la misma honradez que le faltó tal vez al maestro griego, porque sabiendo a priori que el supuesto diálogo era una estafa estratégica para seducir a los alumnos, no hemos sin embargo explicitado en toda su desnudez esa dialéctica manipuladora.

Acaso hayamos avivado el deseo de saber, pero también la percepción de que la Filosofía no lleva a respuesta alguna y, por ende, la frustración ante una actividad que exigiendo mucho esfuerzo no reporta beneficio alguno. Por lo cual, deberíamos cuestionarnos si un adolescente está en el momento propicio para asimilar que la búsqueda incesante de lo auténtico solo nos lleva a espejismos, ya sea por nuestra incapacidad como creían los griegos, o porque no es demostrable que haya alguna realidad en sí susceptible de ser aprehendida, como empezaron a intuir los modernos. Añadiría que incluso podemos dejar en la mente del alumno la duda de si hay algo que no les decimos, si nos guardamos verdades que deben ser descubiertas por ellos mismo, como si creyéramos al igual que Sócrates que estas yacen en el alma de cada uno y tan solo deben ser dadas a luz.

Mi propósito no es tanto realizar una reflexión pedagógica —que podría extenderse a lo largo de todo un libro— sino desvelar aspectos poco evidenciados de esa figura misteriosa que fue el personaje de Sócrates. La hipocresía acaso de su actitud al declararse ignorante cuando tenía clara conciencia de ser un aventajado en el arte de la retórica, que él recriminará a los sofistas pero que nos queda, al menos, la duda de si su quehacer no era más elegante, pero en última instancia muy parecido al de esos profesionales de la educación, aunque puede que sí con fines distintos.

Cabe añadir que en el contexto de la cultura griega el vínculo estrecho que se establecía entre maestro y discípulo —en concreto en el caso de Sócrates— propiciaba un poder del primero sobre el segundo que basándose en el juego erótico —y no reduzco el término a lo sexual, como haríamos ahora— dejaba al aspirante a saber en la soledad de un fango profundo. Esto sobre todo cuando de jóvenes interlocutores se trataba, porque los que eran equivalentes en edad y más elevados en prestigio acababan humillados y furiosos por lo que se acababa revelando como una actitud de pedantería.

No es de extrañar que esta mirada crítica de lo que significó, también, el personaje de Sócrates en su tiempo llevara a Nietzsche a considerarlo el padre de la decadencia de la cultura occidental —obviamente junto al Platón más indiferenciable de su maestro—, recuperando con entusiasmo el concepto de dialéctica de Heráclito de naturaleza cosmológica y lógica, pero sin ese uso sospechosos que la convertía en una actividad equivalente a la mera retórica.

Vemos, en consecuencia, que las lecturas de los grandes filósofos pueden divergir notablemente de un lector a otro, en la medida en que extrapolar un aspecto como el aspecto, puede ser una tentación para nuestros propósitos argumentativos, pero una falacia que lejos de contribuir al despliegue del pensamiento crítico lo entorpece. Y lo hace, desde el momento en el que pretendemos mostrar a un pensador de forma homogénea y coherente en todo su quehacer filosófico, como si fuésemos infantes normativos que no toleramos las contradicciones de un mundo que, en cuanto culturalmente humano, está plagado de fisuras.[1]


[1] A lo largo del articulo puede entreverse a Jenofontes, Platón, Cicerón, Kierkegaard, Nietzsche, Hadot,…en sus respectivas lecturas de Sócrates.

Plural: 7 comentarios en “Sócrates ¿un dialéctico?”

  1. Acaso hayamos avivado el deseo de saber, pero también la percepción de que la Filosofía no lleva a respuesta alguna y, por ende, la frustración ante una actividad que exigiendo mucho esfuerzo no reporta beneficio alguno. (…)

    Este párrafo da para un debate intenso, porque a mi modo de ver demuestra justo lo contrario que enuncia. Y del resto del artículo solo puedo mostrarte mi admiración.

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  2. Pues sí, estoy de acuerdo. Quizás sean las limitaciones del lenguaje de las que se apercibió Sócrates, pero más claramente el viejo Platón…..he estado un rato buscando una forma de expresarlo sin usar la palabra beneficio o cualquier connotación utilitarista….pero he desistido porque hubiera tenido que empezar con matizaciones subordinadas….supongo que lo dices en ese sentido…gracias!!!

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  3. Maravillosa y esclarecedora entrada, Ana! “Solo se que no se nada”; paradójicamente la ignorancia socrática bien sabes que se conoce como la teoría socrática. Las interrelaciones que expones desde los pensamientos filosóficos frente a las sociedades de cada tiempo, será sin lugar a dudas una revelación para muchos. Un cálido saludo.

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      1. Te lo mereces. Observe; desconociendo la razón que en la plataforma no tenía noticias de ti, conociéndote y siendo un ferviente lector de tus reflexiones. La razón: el “siguiendo” había desaparecido. No todo está perdido. Admiro tu estilo, de hacer simple lo complejo. Un cálido saludo.

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