RESEÑA-CRÍTICA del ensayo «VULNERABILIDAD» de MIQUEL SEGURÓ. Editorial Herder.

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Miquel Seguró (1979),Profesor de la UNIVERSITAT OBERTA DE CATALUNYA y director de la revista ARGUMENTA PHILOSOPHICA. Colabora en diversos medios de comunicación.

Esta reflexión sobre la vulnerabilidad despertó mi interés porque, no cabe duda de que desde que nos asoló la pandemia, hay términos que ocupan un lugar preeminente en las reflexiones de muchos filósofos: la incertidumbre, el miedo, el contacto con el otro, la fragilidad y, claro está el objeto del presente libro: la vulnerabilidad.

La lectura de este ensayo ha significado desde el inicio un ejercicio de exégesis etimológica, del que he dudado, he contrastado y sigue, a pesar de mi empeño, constituyendo el primer punto de controversia. Aunque como una propuesta abierta a la rectificación[1] en palabras del mismo autor, en pro del diálogo filosófico fructífero, no debemos renunciar a explicitar aquellos aspectos sobre los que no percibimos claramente una justificación que los legitime. Quizás por torpeza de quien se enfrenta a la lectura de este ensayo interesante por la cuestión que aborda —en este caso yo misma—

La sinopsis, que aparece en la contraportada del libro, es reflejo fiel de lo que Miquel Seguró va a intentar hilvanar:

Por vulnerabilidad solemos entender todo lo que tiene que ver con la dimensión sufriente de nuestra realidad. Pero ser vulnerable significa principalmente ser afectable. Por lo tanto, lo que tiene que ver con lo humano, también lo positivo y alegre, remite a que todos somos, siempre y en todo momento, seres vulnerables.

Este es el punto de partida de este libro, en el cual se invita al lector a pensar la vulnerabilidad en clave existencial. El recorrido filosófico se vertebra en torno a dos áreas fundamentales: la realidad existencial de la vulnerabilidad (su pathos), y la decisión de integrarla y vivirla como engranaje ético y político (su ethos). El autor se apoya en la obra de René Descartes, cuya filosofía presenta, más allá de los tópicos, como una filosofía propicia para meditar sobre la vulnerabilidad, proponiendo una reflexión filosófica que proyecta la vulnerabilidad como condición de la vida humana, en todas sus magnitudes.

El primer gran escollo con el que me he topado y en el que se fundamenta el ensayo, a partir del cual el autor aborda el pathos y el ethos de la vulnerabilidad como condición transversal de la existencia humana, ha sido precisamente el significado que Seguró atribuye al término vulnerabilidad. No es ninguna menudencia porque su reflexión se desarrolla a partir de este concepto, mostrándolo a través de la figura de Descartes, primero mediante la duda y la falta de certeza —que se refiere al pathos— y segundo a cómo la conciencia de estas, nos impelen a vertebrar la vida ética y política   —lo que sería el ethos—

Procediendo al análisis etimológico del término, el autor afirma que vulnerabilidad proviene del término latino vulnus, que significa “herida”. Para nosotros hoy esta puede ser tanto corporal como psíquica o mental. De esta manera diríamos que el término ha evolucionado haciéndose extensible también a lo anímico. Hasta aquí ninguna objeción. Lo controvertido aparece cuando Seguró afirma que:

ser vulnerable es que nos pasen cosas que nos puedan afectar, y que esta afectación puede ser en positivo o en negativo.

Es decir, tanto provocar afectaciones como afectos. Lo cual, y sintetizando lleva al autor a afirmar sin ambages que:

Vulnerabilidad es afectabilidad.[2]

Sin embargo, el término afectabilidad no existe en castellano, al menos no reconocido por la RAE, con lo que deduzco que Miquel Seguró se ha permitido una heterodoxia lingüística que tiene su sentido. El supuesto neologismo usado le permite utilizar la etimología de afecto, que procedente del término latino affectus, -a, -um, y en su segunda acepción, significa cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño. Este será el puente con el Tratado de las Pasiones de Descartes en el que se basa para desgranar el ethos humano.

Ahora bien, entiendo que, en aras de la rigurosidad, lo que el autor quiere expresar con el término inexistente, se corresponde, a mi juicio, con el concepto sensibilidad —del latín sensibilĭtas, -ātis. — que es la facultad de sentir, propia de los seres animados. Fijémonos que este término, que acabamos de introducir, no alude a un sentir positivo o negativo o, dicho de otra forma, a un ser afectado dañina o beneficiosamente, pero sí recoge la idea de ser afectado que Seguró denomina afectabilidad.

Así, pues, no podemos entender vulnerabilidad como ser afectado para bien o para mal, porque esta acepción es inexistente, y se correspondería con más precisión con el concepto de sensibilidad, es decir, la facultad de sentir lo interno o externo sea de la naturaleza que sea. Lo vulnerable es aquel ser sintiente que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.

Salvada, de manera controvertida, la cuestión conceptual que es nuclear en el ensayo, Seguró se ocupa apoyándose en la figura de Descartes del pathos que en su sentido originario griego se refiere al estado de ánimo, la pasión, la emoción o el sufrimiento, pero que en latín tardío y en la actualidad puede entenderse como el afecto vehemente del ánimo. Así, aborda el autor la cuestión sobre la realidad existencial de la vulnerabilidad, en el sentido de que el primer lugar en que nos sitúa la conciencia de esta es, precisamente, en la certeza de un yo que duda, y al dudar siente la incertidumbre de quién pueda ser él mismo y si hay o no alteridad. Esta posición entiende el autor que afecta a lo epistemológico y, por ende, aquel hacer del humano en el que parecíamos demostrar la potencia de nuestra razón. Por eso Seguró utiliza la metáfora de un círculo que no se cierra, resta siempre abierto, porque una filosofía de la vulnerabilidad admite que el punto de partida sobre el qué de algo es siempre algo incesante, circular e inagotable. Lo clarifica de manera excelente con estas palabras:

La pregunta de por qué y para qué hay “ser” es una lejanía intelectual de a experiencia íntima de la precariedad, de la asunción de la existencia como don, de que hoy se está y mañana quién sabe. Es la experiencia más radical de todas y donde la expectativa se hace más urgente. Es la pregunta que acompaña a todas las preguntas y la que puede que no tenga respuesta. (pg.45)

De esta forma la filosofía, que es este ejercicio inacabado de ir y venir de unas cuestiones a otras o a retomar las primeras, es la manifestación más clara de la vulnerabilidad epistemológica, lo que comporta un estado de ánimo vehemente ante el deseo y la urgencia del conocer con certeza, probablemente lo que no es cognoscible, porque no hay certezas.  Por ello prosigue analizando la razón humana, supuestamente entronizada por Descartes, para acabar concluyendo que el filósofo francés llegó a cuestionarse que el lenguaje matemático pudiese no ser un fiel reflejo del ser y que nos viésemos ante una incertidumbre que nos dejase en blanco.

Más aún, Seguró recuerda para continuar su argumentario que:

Al principio de nuestro libro hemos manifestado el convencimiento de que la obra de Descartes propicia la reflexión en torno a la vulnerabilidad. A nuestros ojos, sus posiciones llevan a considerar la vulnerabilidad como condición y clave metafísica de toda experiencia humana. Lo hemos estado observando en lo que atañe a la pregunta por la verdad de nuestras consideraciones e incertidumbres del ego cogito. Pero la vulnerabilidad, como indica la palabra latina vulnus, implica asumir ante todo la carnalidad como realidad primordial y también en este punto, a pesar de las apariencias, la obra de Descartes nos lleva a plantearnos qué es la carnalidad consciente que cada uno de nosotros es. (ibid.. 71-72)

Aquí desearía realizar una observación. No es cuestionable la elección por parte de Miquel Seguró de la figura de Descartes como pensamiento que nos impele a cuestionarnos la vulnerabilidad. Es una opción. No obstante, no deja de ser, sobre todo en lo que hace referencia al pathos humano una labor algo forzada, ya que vincular el pathos, de entrada, a lo epistemológico cartesiano no es nada evidente ni algo que quede suficientemente justificado, a mi juicio. Si la vulnerabilidad se manifiesta con nitidez en el pathos y el ethos del humano el recorrido nuclear debería hacer referencia a lo que atañe a uno y otro aspecto, y vincular el pathos a lo epistemológico es una apuesta arriesgada, más en referencia a un pensador que solo, marginalmente y, en privado mostró sus dudas sobre que Dios fuese el criterio de verdad infalible de nuestros conocimientos innatos y evidentes del que debían deductiva y matemáticamente derivarse el resto de lo que podemos conocer.

Es cierto que la impostura escéptica cartesiana y el uso de la duda como rasero que debía superar toda idea, para poder ser considerada verdadera, parece cuestionar nuestra potencia cognoscitiva. Pero bien sabemos que el uso que hizo Descartes de la duda es, valga la redundancia, dudosa, ya que se ha convergido en considerar que su escepticismo —que nos mostraría como vulnerables— fue una postura metodológica, antes que una auténtica actitud escéptica. La cuestión que planteo aquí es, por ende, ¿es lo epistemológico un reflejo del pathos que puede mostrar nuestra vulnerabilidad?

De hecho, el análisis de cogito como algo metodológicamente independiente del cuerpo obliga al autor a encarnarlo en lo corporal para que ciertamente su conexión con el ser sintiente que padece, es decir su pathos, adquiera consistencia. Tal vez, se podría haber prescindido de la fase previa epistemológica porque no es probablemente la que muestre con más claridad este pathos vulnerable.

Así, se analiza el consabido dualismo cartesiano que tan controvertido fue posteriormente, y sigue siéndolo hoy por no estar resuelto. Cuestión que lleva al autor a recalar  en la concepción —que excede a Descartes por su actualidad postmoderna— de que el cuerpo es un magma cambiante y la vivencia de este es la objetivación fisiológica de esta vivencia o la ponderación axiológica y comunitaria de esta experiencia, que entendemos muy íntima y común. Estoy parafraseando a Seguró para llegar a su afirmación de que el cuerpo es la cuestión centrífuga de toda filosofía porque, de facto, está ahí y es lo único que hay.

Esta constatación no exigía un caminar tan prolongado, menos mediante la figura de Descartes que no facilita este tránsito. Además, la vuelta al cuerpo permite al autor del ensayo retomar el concepto originario de vulnerabilidad como herida del cuerpo, aunque insiste en su acepción nueva y genuina, de que lo vulnerable puede proporcionarnos también todo lo bueno inimaginable. Resuena como un eco el significado único de lo vulnerable y la intuición de que Seguró quiere hablar de la sensibilidad, y me resta el interrogante del por qué no se centra en esta, sabiendo que el pathos, lo anímico sintiente sí es susceptible de ser dañado o ser beneficiado, por lo peor y lo mejor de la vida.

Es como si el autor quisiera desvelarnos una noción de vulnerabilidad que se ha mantenido oculta y menospreciada cuando, en realidad no proporciona fuentes que le permitan legitimar este extenso significado, ni personalmente he sido capaz de hallar ningún documento o texto que considere lo vulnerable en el sentido que se aborda en el texto.

Procede posteriormente a analizar el ethos teniendo en cuenta la vulnerabilidad mencionada como la condición humana transversal. Explicitemos que este término de origen griego significa carácter, disposición del que se derivan unas conductas u otras; de lo cual debe entenderse que la educación del ethos condicionará la conducta y, para proseguir con el ensayo objeto de este artículo, la libertad adquiere aquí una función fundamental. Recordemos aquí lo que sostenía Aristóteles: el hábito hace la virtud, y el ethos griego también incluye el sentido de costumbre, es decir aquella conducta que por reiterativa configura nuestro carácter. Dicho de un modo más simple, se es generoso no por sustentar teóricamente esta cualidad, sino a medida que efectuamos actos generosos vamos adquiriendo la virtud de la generosidad. En este sentido, la libertad es elección de qué hacer y la virtud el hábito de hacerlo, casi como el gesto espontáneo que no requiere ser inducido por reflexión alguna. Concepción contrapuesta a la moral provisional de Descartes sostenía que saber vivir es saber conducir la propia razón para seguir manteniéndose a salvo. Y, aquí, evoco las palabras de Seguró ante una moral cartesiana poco sedienta de verdad:

Sorprende cuanto menos que el incesante buscador de la verdad que nos dijo ser Descartes no solamente de haya conformado con una moral interesada en minimizar los peligros del día a día, sino que además esta se afiance en un criterio tan pobre de bagaje ético como es la educación recibida. Y eso que consideraba la moral como la sabiduría más excelsa de todas. (ibid. 94).

Esto nos permitiría decir que el ethos de Descartes se mostró vulnerable, tremendamente temeroso de ser dañado por el contexto histórico que le tocó vivir —tomando siempre prevenciones por la vigilancia de la Inquisición—. Así, evidencia fragilidad al desligar, por motivos de seguridad de su vida, su teoría de su praxis. Es, pues, un claro ejemplo de alguien que esquiva las posibles consecuencias dañinas, no por ser sensible, sino por ser vulnerable, es decir susceptible de ser dañado y herido. Lo cual nos retrotrae de nuevo a la cuestión sobre el genuino significado del término vulnerabilidad.

A partir de la cuestión ética y moral —que Seguró muy acertadamente distingue—se hace la ineludible referencia a la sociabilidad humana, ya que una y otra tienen sentido en cuanto somos seres convivientes y conscientes de otros. Aquí en el error, a diferencia de lo mentado en relación a lo epistemológico, existe un lamento por las consecuencias dañinas provocadas sin intención; por lo que lo problemático deviene en realidad el narcisismo que no asume ese error, ya que la premisa de una ética de la vulnerabilidad es la aceptación  de el error y el reproche, como características nucleares del individuo vulnerable que se siente siempre en esa ondulación, precisamente por no ser perfecto —por no cerrar el círculo del que nos hablaba al inicio el autor—. Y esta condición social nos conduce inevitablemente a la política, que es viable, según Seguró si asumimos que la condición vulnerable del humano afecta a todas las esferas de la experiencia humana y por ello debe reconocerse en la praxis política.

Es precisamente este último apartado del ensayo en el que, según mi juicio, el autor nos alumbra con más lucidez porque, conscientemente o no, equipara incluso lo vulnerable a lo precario, y desligado o liberado de la figura de Descartes nos brinda reflexiones sobre el mundo actual que urge dialogar y arribar a consensos o acuerdos que hagan de la política lo que Miquel Seguró afirma respecto de la democracia:

La democracia es un lenguaje que nace de una voluntad de hacer del mundo una historia que más que prometer el final feliz busca impedir que la felicidad de unos sea a costa de la infelicidad de otros. Un lenguaje que confía en que los homos sapiens sapiens nos atrevamos a despojarnos de nuestros recelos y visibilicemos el homo vulnerabilis que encarnamos. (pg.165).

Para finalizar esta reseña que pretende entrar en diálogo o poner en debate alguna de las cuestiones aquí aparecidas[3], sujetas a revisión como bien establecía desde el inicio Miquel Seguró o incluso a equívoco, quisiera realizar un breve comentario que entiendo puede ser problemático y muy discutible.

Entiendo, a partir de entrevistas que he visualizado con el autor, que este ensayo no hubiera existido sin la pandemia ni alguna experiencia personal del propio Seguró[4]. Lo cual se ha extendido a otros filósofos que parecen no haber reparado hasta ahora —con la pandemia del covid19 que cumplirá dos años pronto— en la fragilidad y vulnerabilidad que atraviesa todos los poros de la vida humana. Cierto es que la de unos, más honda y dolorosa que la de otros.

Más vale tarde que nunca, diría el refranero popular, pero no deja de sugerirme que la cultura occidental sigue siendo de un egocentrismo alarmante, a pesar de estar inmersos en una globalización total, parece que necesitamos una convulsión intensa para apercibirnos de esta realidad planetaria que, a pesar de eso, nos ha llevado a los países del G-20 a seguir cometiendo los mismos actos egoístas que han escrito nuestra historia: apropiarnos de la mayoría de las vacunas.

Respecto del ensayo reseñado del Dr. Miquel Seguró, destacaría principalmente el análisis que realiza de lo político que está en debate actualmente y, me mostraría con más dudas respecto de las cuestiones que he ido señalando.

Es precisamente por esta problematicidad que desprende el ensayo que se hace sugerente su lectura. La filosofía se activa ante lo controvertible, lo ignorado, lo no explicitado y en este sentido estamos ante un ensayo que demuestra un espíritu filosófico sin objeción, y que nos induce a todos los que nos dedicamos a esta actividad a leerlo como punto de partida para continuar indagando y como estímulo para filosofar con autenticidad y valentía. En definitiva, a filosofar en lugar de repetir lo que otros dijeron —aunque esté presente en el bagaje de cada filósofo— Gracias, por esta pieza en primer lugar a Miquel Seguró, su autor, y en segundo lugar a la editorial Herder que ha apostado por sacarla a la luz.


[1] Seguró, Miquel.(2021) Vulnerabilidad. Ed. Herder. Pg.17

[2] Ibid, pg. 15

[3] Desearía destacar con firmeza que no puede analizarse este ensayo a partir de una lectura secundaria, como sería la mía, sino que cabe para ser justos con lo que expone Miquel Seguró, leer en primera persona el texto y, si se considera contrastar la lectura propia con otras.

[4] https://www.ccma.cat/…/miquel-seguro-ens…/video/6132256/ Os invito a escuchar la entrevista porque creo que justifica la afirmación que acabo de realizar.

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