El Otro como límite, ante una presunta ausencia de límites.

Un comentario

“Lo real nos indica esa perforación material que nuestra propia animalidad humana lleva a cuestas para ser dicha animalidad, o si queremos lo podemos decir de esta manera por ser animales inteligentes, somos libres, esto es, al ser inteligentes sentimos nuestra propia perforación inespecífica que nos constituye, y a la vez, constituye  todo: lo real (…) como no somos nada en y por sí mismos, somos junto a un otro material que nos constituye y en eso se actualiza una y otra vez y retorna (…) A la altura del acontecimiento el animal humano se pregunta por quién es y qué debe ser, y en esa pregunta siempre está el otro dentro de sí(…). Lo real implica que de suyo estamos tomados por lo libre a realizarnos pero que no sabemos cómo hacerlo, porque es una lógica abierta y nunca cerrada, por descubrir y realizar, y en ello eso real nunca se deja atrapar por lógica alguna, por simbolización alguna, pero dinamiza, mueve, se inscribe de alguna forma en lo material humano(…).”

Espinoza Lolas, R. (2023) Zubiri en diálogo con Butler: lo real y lo social. Res pública. Revista de Historia de las Ideas Políticas, 26 (1), 23-25.

Me he tomado la licencia de construir un párrafo, a partir del artículo de Espinoza Lolas, prescindiendo de algunas frases o aclaraciones que entiendo no cumplen esa función para aquellos que, siendo neófitos o estando poco introducidos en el ámbito de la Filosofía, desean acceder a la cuestión que abordaremos a partir del sugerente texto del filósofo chileno.

La cuestión nuclear que se desprende es que lo humano, siendo realidad materializada debido a nuestra animalidad, puede ser repensado desde su existencia como un ser dinámico, abierto, inteligente y libre cuyo devenir no está definido.

El dinamismo y la apertura implican que el otro, o lo otro, están vinculados a nosotros de tal forma que nos constituyen, nos co-constituimos. Y, esto, porque en cuanto somos seres sociales hay una “refluencia” en ese dinamismo de nuestro ser que genera individuos que llevan al otro integrado en sí mismo. No somos al lado de los otros, somos en ellos, y ellos en nosotros. Y esto porque nuestra inteligencia es sentiente, es decir, lo aprehendido resta constituyendo, por «refluencia» en el acto de la aprehensión. O, dicho de otro modo, captar la presencia del otro no es un acto meramente de conocimiento, sino que ese acto implica que el otro pasa a forma parte de mí, de la misma manera que yo acabo constituyendo el “de suyo” de los otros. Nos realizamos, nos hacemos reales en la materialidad de nuestra animalidad, como seres con inteligencia sentiente.

Aquí nos topamos con lo que está implícito en lo dicho hasta ahora: somos seres libres porque nos vamos realizando en ese dinamismo abierto. La cuestión es que no sabemos cómo hacerlo, dice Espinoza Lolas, aunque él presenta como herramientas que constituyen nuevos paradigmas para pensar a Zubiri -que atraviesa tanto el fragmento de Espinoza como la reflexión que intentamos llevar a cabo- y a Butler, es decir el pensamiento de cada uno de estos autores que él muestra en su artículo como coincidentes y complementarios.

Sin embargo, desearía plantear en términos más divulgativos, la cuestión tan manida ya, de que en tiempos sin referentes, ni absolutos ¿cómo es posible constituirse, asumir valores y opciones de vida que no deriven en una liquidez vacua? como la mostrada hace años por Z. Bauman -y tras él, o incluso antes que él, otros- que sume lo humano y lo social en un caos donde no hay límites, todo vale y nada está prohibido -aunque de facto las leyes lo hagan, están contaminadas por cierta liquidez propia de la arbitrariedad subjetiva-.

Quizás, a lo largo del escrito hemos ido poniendo las bases para que fermenten nuevas perspectivas, como es plantearnos que el límite es el otro, el que está como real por sí mismo, y que a su vez está en mí constitutivamente, de tal forma que ni argumentos egoístas propios del individualismo pueden derrocar este planteamiento, ya que lo que daña al otro me daña a mí, en cuanto está en mí.  Aquí me parece oportuno recuperar un fragmento de Zubiri -parcialmente citado en el artículo también por Espinoza Lolas-

“La filosofía (…) se ha planteado un poco el problema de cómo se encuentra uno con los demás en la vida. Pero muchas veces a uno le asalta la reflexión contraria: ¿no será que yo llego a encontrar a los otros en mi vida porque antes los demás se han metido en la mía? Y no me refiero a que los demás vengan a mí en lugar de ir yo a ellos. Me refiero a que los demás, antes de que vengan a mí en mi experiencia o de que yo vaya a ellos, están ya metidos en mi vida. Sólo por eso puedo encontrarlos viniendo a mí o yendo yo a ellos. Esta es una consideración que debe ser tomada en serio. El hombre no empieza por estar vertido a los otros como otros, y menos aún si se considera que estos otros lo son frente a mí. ¿Dónde acontece este encuentro? Evidentemente nos los hemos encontrado en un mundo humano. La constitución del mundo humano es previa al encuentro con los otros y fundamento de este encuentro” [1]

O sea, el límite absoluto es el OTRO. No nos hallamos, en consecuencia, en un mundo con ausencia de límites que orienten el dinamismo del actuar humano, sino que desde la perspectiva planteada no hay límite más absoluto que el Otro, que soy Yo, y el Yo que es el Otro. Si ejercemos esa libertad, fruto de nuestra realidad abierta, sí poseemos un cierto referente sobre cómo debemos hacerlo, sobre cómo debemos realizarnos, esto es: tomando al Otro-Yo como lo inquebrantable, aquello que no debe ser dañado, que debe ser respetado en cuanto diverso y plural -como son cada uno de los individuos materializados de forma única-.

Y aquí, la pandemia que parece el disparador del artículo de Ricardo Espinoza, o más rigurosamente la postpandemia -si alguien sabe ubicarla exactamente- ha sido, tal vez, una oportunidad perdida de interiorizar lo humano desde esta perspectiva. La reacción que ha ido in crescendo parece haber sido la de un individualismo más exacerbado, ya que la debacle económica continuada, sin tregua, por la guerra en Ucrania, ha disparado el miedo, la percepción de precariedad y vulnerabilidad que, en lugar de estrechar los vínculos, ha desatado un “sálvese quien pueda”. Y la mayoría aplastante de los que suscribimos reflexiones de este tipo, podemos hacerlo, porque nos hallamos en un puerto seguro, o todo lo seguro puede ser hoy en día algo. Si temiésemos por nuestra supervivencia, esta convicción de que el mundo humano es un Otro-Yo -entendido en los términos ya explicados- nos serviría de poco apoyo. La celeridad  de lo que acontece exige respuesta poco reflexionadas y a veces más instintivas, y no podemos olvidarnos de nuestra animalidad.


[1] Zubiri, X. Las tres dimensiones del ser humano: individual, social, histórica” Alianza editorial. Fundación Xavier Zubiri. Madrid, 2019. Pg. 43.

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