Depositamos nuestra confianza en el otro, tras habernos aproximado a él con la suficiente creencia de que ese otro es confiable. Ese proceso es una interacción que se despliega a lo largo de instantes continuos, que acaban siendo pasado y constituyendo experiencia.
El hecho de otorgar y recibir la confianza al otro y del otro produce un vínculo, un lazo que con el tiempo puede ser calificado de amistad. Sin embargo, como decía Nadine Stair en su poema “El árbol de los amigos”, atribuido parece ser, erróneamente, a Borges:
Existen personas en nuestras vidas que nos hacen felices
por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino.
Algunas recorren el camino a nuestro lado, viendo muchas lunas pasar,
mas otras apenas vemos entre un paso y otro.
A todas las llamamos amigos y hay muchas clases de ellos.
Tal vez cada hoja de un árbol caracteriza uno de nuestros amigos.
El primero que nace del brote es nuestro amigo papá y nuestra amiga mamá,
que nos muestra lo que es la vida.
Después vienen los amigos hermanos,
con quienes dividimos nuestro espacio para que puedan florecer como nosotros.
Pasamos a conocer a toda la familia de hojas a quienes respetamos y deseamos el bien.
Mas el destino nos presenta a otros amigos,
los cuales no sabíamos que irían a cruzarse en nuestro camino.
A muchos de ellos los denominamos amigos del alma, de corazón.
Son sinceros, son verdaderos.
Saben cuándo no estamos bien, saben lo que nos hace feliz.
Y a veces uno de esos amigos del alma estalla en nuestro corazón
y entonces es llamado un amigo enamorado.
Ese da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros pies.
Mas también hay de aquellos amigos por un tiempo,
tal vez unas vacaciones o unos días o unas horas.
Ellos acostumbran a colocar muchas sonrisas en nuestro rostro,
durante el tiempo que estamos cerca.
Hablando de cerca, no podemos olvidar a amigos distantes,
aquellos que están en la punta de las ramas
y que cuando el viento sopla siempre aparecen entre una hoja y otra.
El tiempo pasa, el verano se va, el otoño se aproxima y perdemos algunas de nuestras hojas,
algunas nacen en otro verano y otras permanecen por muchas estaciones.
Pero lo que nos deja más felices es que las que cayeron continúan cerca,
alimentando nuestra raíz con alegría.
Son recuerdos de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.
Te deseo, hoja de mi árbol, paz, amor, salud, suerte y prosperidad.
Simplemente porque cada persona que pasa en nuestra vida es única.
Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros.
Habrá los que se llevarán mucho,
pero no habrán de los que no nos dejarán nada.
Esta es la mayor responsabilidad de nuestra vida
y la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad.
En este bello poema, la autora con un realismo benigno entiende la amistad como una diversidad de acontecimientos que nos vinculan a los otros con una temporalidad variable. Sin embargo, en la medida en que muchos de ellos, si son tan breves como un verano, pasan al olvido, deberíamos ser más rigurosos con la atribución de la palabra amistad. Esta tiene la ventaja sobre el enamoramiento de que es un amor más perdurable, sin telos, sin perspectivas marcadas. Simplemente sucede que al cabo de los años te apercibes de que hay dos o tres – ¡qué lujo! – personas en tu vida, que han sido y son verazmente tus amigos.
Entonces, nos dejas de sentir un dolor impregnado de tristeza por las equivocaciones cometidas, por los falsos amigos que consideraste como tal, e inicias un proceso de asunción de que amigos hay muy pocos, vínculos temporales muchos que a veces ensalzamos equívocamente. Este sufrimiento es principalmente el rastro de alguien que nos defraudó. A lo mejor no porque el otro actuara con mala voluntad, sino porque nuestra necesidad nos hizo considerar amigos a quien no lo era. Este dolor hay que integrarlo como aquellos que, si no te matan, te fortalecen.
Aprendemos con el tiempo, lástima que a edad algo tardía, a quien podemos extenderle el lazo amoroso de la amistad, y a quienes hemos de considerar personas en tránsito en nuestras vidas. Probablemente, estas últimas pueden aportarnos mucho o no tanto, pero no son ciertamente amigos.
Esa es la diferencia clave entre el amor de pareja y la amistad, que esta última puede ser fiel con más facilidad que el amor, tal vez porque hay momentos de intensidad diferentes, y nos se produce esa asfixia que sí se da en lo que considerábamos amor.
