Hay un cuerpo esférico sometido a una alta presión por uno de sus lados. Se achata, se minimiza y, en consecuencia, va expulsando todas las partículas que ocupan su superficie. Esas partículas huyen antes de ser volteadas al azar y lo intentan desplazándose a otras zonas de la esfera, pero ¿por dónde huir sin ser aplastadas? Cambian monedas, sus ahorros, por pateras que los lleven a zonas más protegidas del cuerpo esférico. Si los ven huir lo devuelven al lugar de origen, o los abandonan en desiertos, esas zonas secas sin agua y en las que el sol castiga sin compasión alguna. Muchos mueren allí. Los que se escabullen en pateras comienzan otra odisea de la que quizás no tienen noticias certeras.
El Mediterráneo, ese mar de descanso y playa para unos, se torna una bestia que ruge, zarandea lo que, curiosamente, le debe parecer sobrante y los somete a una situación extrema. Muchos se hunden en sus aguas, la tumba flotante de miles de personas que se sentían expulsados de cualquier lugar. Otros son rescatados por embarcaciones que les esperan, ante lo que irreversiblemente va a suceder: no pueden refugiarse en ningún puerto. Se pasan días en el mar, ya en barcos más seguros que su patera de partida, sin que nadie les deje atracar y tocar tierra para salvar su vida. Y estos, que se hallan a la espera de que la conciencia moral de alguien lo implosione, son los afortunados porque otros muchos se ahogaron y el Mediterráneo se convirtió en su final; evaluados como números sin rostros ni biografías, porque solo ese anonimato nos permite la indiferencia o la costumbre de saber cuántos han sucumbido hoy al oleaje de un mar cabreado, o cuántos esperan la piedad de los que teniendo el poder se alían con los países de origen -con compensaciones crematísticas- para que contengan su fuga. Mas ya embarcados y rescatados por esas ONG que, para colmo, son acusadas de tráfico de personas, activan todo tipo de negociación y claman en las aguas de un mar más muerto que vivo, para que como mínimo atiendan a los migrantes que llevan en sus embarcaciones y puedan acogerlos. Esto último difícil. Los amontonan en supuestos centros de acogida que, a menudo, han sido denunciados como prisiones a la espera de repatriarlos o devolverlos a la rabia, la miseria y la inhumanidad de la que proceden.
Ese Mediterráneo que tiene versiones dispares: un mar de calma y relax para los más ricos, y una vía posible de escape hacia tierras que van a intentar escupirlos o la muerte.
Aquí seguimos en nuestros sofás, yo incluida, contemplando una matanza masiva que aparenta una situación diferente, pero que no deja de ser un exterminio de población que creemos sobrante. Asfixiamos a sus países y los dejamos en manos de gobiernos corruptos o vendidos a los países más ricos, que los lleva a mantener en la miseria más cruda a la mayoría de su población. Esto para beneficio nuestro, porque nuestra riqueza es su muerte. El Mediterráneo y las pateras no son más que un medio discreto de exterminio progresivo.
Recordando unas palabras de Serrat y adaptándolas:
“Padre
Decidme qué
Le han hecho al mar
Que ya no canta
Resbala como un barbo
Muerto bajo un palmo
De espuma blanca
Padre
Que el mar ya no es el mar
Padre
Antes de que vuelva el verano
Esconda todo lo que tiene vida”

🖤
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