Nietzsche y la vida.

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Es cansado vivir. Tenemos que afanarnos por sostener las condiciones de posibilidad de la existencia, y no nos basta con eso, porque existir no es más que permanecer en el presente como cualquier organismo. Los humanos necesitamos vivir, que nuestra existencia tenga un sentido -sea el que sea- que la convierta en una lucha deseable y digna. Sin embargo, el espacio que ocupamos en un entorno sociocultural es, a menudo, abrupto, escarpado y nada amable de habitar.

Dicho esto, resuena la pregunta que se hiciera Camus: ¿Por qué no me suicido?(0) Y lo cierto es que no son muchos los que llegan a cuestionarse esta posibilidad, a no ser que se hallen en una situación extrema. El resto vegetan mientras la existencia no se extinga y soportan como seres pasivos lo que parece haberles deparado el destino. Estos persisten por inanidad, sin sentir la potencia que poseen de ser el agente de su propia existencia. Sin trascender esa condición meramente de víctima que, amargamente, soporta lo que le ha sido dado.

Esta actitud nihilista pasiva es el fracaso de lo humano. Como ya dijo Nietzsche:

“El nihilismo está ante la puerta: ¿de dónde nos viene éste, el más siniestro de todos los huéspedes?”[1]

El filósofo alemán analiza, tras este cuestionamiento, la diversidad de procedencias del nihilismo devastador en el que nos hemos sumido. Sin embargo, no se queda ahí, sino que apunta a que ese estar cansado de la existencia, esta voluntad de lo querer más, la destrucción de la propia voluntad, del propio interés del sujeto son consecuencia de la disposición arraigada desde hace siglos a un ideal o criterios morales, que acaban constituyendo un terrible peligro para el hombre. El proceso de entender que los valores son lo que nosotros introducimos en el mundo, que no hay valores en sí mismos fuera de nuestra interpretación, nos lleva a descubrir que el mundo no vale lo que habíamos creído. De esta forma el mundo es un medio para desencantarse del mundo, deshumanizarse[2]

Sin embargo, este inicio del nihilismo como desocultamiento de la falsedad de un supuesto mundo verídico, podría ser la manera más elevada de pensar, si asumimos la nada y gestamos a partir de ella un nuevo tipo de humano activo, capaz de recorrer el laberinto de la existencia que triangularmente nos sitúa en la conciencia del nihilismo, el dolor, el placer y posteriormente la fortaleza de vivir plenamente, habiendo salido del laberinto; eso sí, para volver a caer en ese eterno retorno que es entrar y salir de lo laberíntico.

Expresado en otros términos dejar de ser simplemente humano significa liberarse de las falsedades impuestas por la racionalidad y la moral cristiana, incrustadas en nosotros como verdades. Descubierto el hecho de que en sí mismo no hay un ser, sino que lo que es deriva de la interpretación que nosotros hacemos del mundo, los valores que parecían ser absolutos caen, se desintegran -la famosa “muerte de Dios”- y, en estas condiciones el humano pasa un primer momento de decaimiento y nihilismo pasivo -encerrado en un laberinto del que no se siente capaz de salir- para trascenderse a sí mismo y desarrollar la fortaleza que yace en él, queriendo vivir a pesar del dolor que implica la vida, gozando y finalmente liberándose de las contingencias del existir. Esto último son momentos de extrema lucidez que no muchos alcanzan, los que salen del laberinto, aunque por ser demasiado humanos, sufrimos caídas, pero habiendo visto somos capaces y estamos dispuestos por actitud y fortaleza a repetir el ciclo por toda la eternidad.  

La lucidez permite superar el cansancio. No obstante, este optimismo nietzscheano resulta algo elitista, ya que son pocos los humanos que logran interiorizar una actitud de fortaleza ante el sinsentido del mundo y de la vida, que no es un valor sino el criterio de cualquier otro nuevo valor.

Los humanos, en su mayoría, siguen siendo demasiado humanos, enredados en las estrategias del laberinto que nos asfixia y nos lleva a desmerecer la vida. Lo que Nietzsche ofrece se asemeja más bien al camino que él mismo creyó haber recorrido, sufriendo a chorros física y mentalmente, como corporalidad, que es la única manera de sufrimiento. A pesar de eso vivió momentos de una lucidez y una paz envidiables, en una soledad que pocos serían capaces de soportar. Sin embargo, nos legó una afirmación definitiva de la vida, aceptándola tal como es: un juego danzarín y alegre que brota siempre de un intenso dolor y padecimiento, que hay que querer para sobrellevarlo; y eso solo es posible si hemos alcanzado las profundidades del vivir mismo.


(0) Camus, A. El mito de Sísifo. Disponibles diversas traducciones y original.

[1] Nietzsche, F. El nihilismo. Escritos póstumos. Ed. Península. Pg. 31. 2 [197]

[2] Ibidem

Plural: 3 comentarios en “Nietzsche y la vida.”

  1. Le fil des jours est glissant, on est amené à sortir de son aiguille pour parvenir à se recoudre à la vie. C’est lié au maintien de la régénérescence qui sans cela n’irait pas au-delà du fannissement.
    La mort n’est pas une fin en soi c’est un passage pour la renaissance…
    Je t’embrasse Ana.

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  2. «El mundo que nos rodea es desdichado y nos piden que hagamos algo por cambiarlo. Pero ¿cuál es esa desdicha? A primera vista, se define muy sencillamente: se ha matado mucho en el mundo en estos últimos años y hay quienes prevén que se seguirá matando, un número tan elevado de muertos termina por enrarecer la atmósfera». P. 176, Crónicas, Albert Camus…¿Cómo dijo el libro, ese de los cuentos? «No haya nada nuevo bajo el sol…» Deberíamos renunciar a vivir en el error y entregarnos en cuerpo, alma y likes a San Narciso…ya voy a alucinar cómo filósofo…¿Cuál sería la opinión de San Nietszche sobre las redes sociales y San Narciso en general?…..¿Voluntarios para reflexionar?… Sorry ese afán de mi otro Yo por arrojar la piedra y esconder la mano….besos al vacío desde el vacío

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