La constatación de que no hay hechos, sino interpretación de estos, fue formulada explícita y por primera vez por David Hume. Este empirista radical alertó sobre la diferencia entre el ser y el deber ser, es decir entre lo que algo es y lo que nosotros creemos que debería ser. En consecuencia, no podemos derivar el deber ser, del ser, ya que estamos cometiendo una falacia lógica.
Esta primera distinción entre hechos y valores fue profundizada mediante la crítica de la cultura occidental por Nietzsche, quien fue un paso más allá y evidenció que, aunque son niveles del discurso y del conocimiento distintos, aparecen siempre diluidos. Para ser más claros, el alemán constató que todos los conceptos que se imponen como verdades absolutas están sustentados por una voluntad de implantarlos como verdaderos, porque responden a sus intereses. O lo que es lo mismo, los grandes conceptos están imbuidos de valores subyacentes, que son el motivo por el que se los reviste de apariencia de verdad para que sean objetivamente reconocidos como tales.
Si hemos llegado hasta aquí, no es ni de lejos para recopilar el pensamiento de dos grandes filósofos, sino para analizar hasta qué punto esta confusión intencionada entre los hechos y los valores sigue operando sibilinamente en la actualidad.
Tomemos como ejemplo el sistema patriarcal y machista. Este parte -entre otros- de que el hombre es superior a la mujer, no solo en capacidades o habilidades que ellos sostienen que pueden contrastarse de manera objetiva, sino que derivan de lo anterior la superioridad del valor de ser hombre en comparación con ser mujer, y en consecuencia entienden que los varones se han ganado sus derechos y privilegios. Es decir, dan por válida una supuesta descripción – El hombre es superior a la mujer– que lleva implícitos valores misóginos y esta confusión les permite ahondar en la diferente dignidad de unos y otras. El enunciado descriptivo no tiene validez más que como el reflejo del trato que históricamente ha recibido la mujer; describe un maltrato basado en una creencia, no en un conocimiento objetivo.
No pretendo reclamar una igualdad fisiológica, porque si así fuese todos seríamos homogéneos en nuestra constitución biológica y esto no es sostenible desde una perspectiva científica. No pueden ser obviadas, a mi juicio, las diferencias anatómicas entre hombres y mujeres, sin embargo, esta diferencia no es una desigualdad, o solo lo es en el sentido ético-jurídico si de da preeminencia a las habilidades masculinas que destacan em relación a la femeninas, y se desprecian y minusvaloran las que poseen las mujeres de forma más desarrollada, en general, como manifestaciones de debilidad e inferioridad. La distinta condición del sexo femenino, y del sexo masculino por su parte, debe ser tenida en cuenta para garantizar la igualdad de oportunidades en las sociedades entre unos y otros. Por ejemplo, no podemos ignorar la mayor implicación biológica que tiene la mujer en la reproducción, ya que estaríamos penalizándola por un rasgo sin el cual la especie sería ya historia. Hay, por fin, estudios sobre cómo influye a nivel físico y mental la menstruación en muchas mujeres -no en todas por igual, y aquí habría que recurrir a diagnósticos médicos que lo justifiquen-. En esta línea, la gestación que solo puede darse en el seno de un cuerpo femenino implica una serie de cambios hormonales, molestias, subidas de peso y dificultad de movimientos, a veces lumbalgias, ciáticas y otra serie de inconvenientes físicos que tampoco pueden ser utilizados contra la mujer, menos aún por aquellos que desconocen lo que es una menstruación complicada y un embarazo.
En este sentido, las leyes que contemplan estas contingencias no son favorecedoras de la mujer, sino que hay que entenderlas como compensatorias por las circunstancias físicas de malestar que pueden comportar.
En consecuencia, si no somos capaces de analizar nuestras creencias fuertemente arraigadas para desvelar los juicios de valor implícitos que contienen, no lograremos cambiar situaciones de injusticia, como la que he utilizado en este texto. El machismo es un abuso de poder histórico del hombre respecto de la mujer que no tiene hoy día ningún tipo de justificación. Sin embargo, caeríamos en un grave error si este proceso de deconstrucción de todos -hombre y mujeres- se convierte -y aquí recupero a Nietzsche, por la voluntad de poder de algunos machos– en un enfrentamiento entre sexos. Algo de esto se está produciendo actualmente, sobre todo alimentado por posturas conservadoras. Y, en consecuencia, es importante decir que ante todo somos humanos, y que esa condición que es rica en variedades y diferencias debe integrar a todo individuo sea cual sea su sexo, su autopercepción de género, su raza, su origen social, etc….
Pensemos que radicalizar las posturas conduce inexorablemente a ese conocido lema de “divide y vencerás”, y solo tenemos que detenernos a analizar a quién le conviene ese supuesto enfrentamiento entre sexos, cuando de facto, los sexos se buscan siempre, tengan la orientación sexual que tengan, porque es la base más fuerte de los vínculos humanos. El sexo por naturaleza biológica no evolucionó para el enfrentamiento, sino para la unión, y toda confrontación que se avive entre sexos u orientaciones sexuales responde a algún beneficio, ya sea un distractor para los ciudadanos que posee la fuerza de excitar las emociones, ya sea como posibilidad de dispersar ideas que dé lugar a diferentes colectivos y, por ende, a nuevas industrias de mercado, o por razones que se me escapan.
La cuestión es de enorme complejidad[1]. Quizás, por ello, no deberíamos olvidar que el auge de esta diversidad de perspectivas tiene lugar en un momento social, cultural y económico en el que todo está en pleno tránsito, no solo la cuestión entre los sexos o del sexo/género, sino inclusive la del humano y el posthumano. Es decir, no sólo se reivindica una variedad de identidades sexuales que pueden ir cambiando o apareciendo, sino que está en cuestión la supervivencia de lo que hasta ahora hemos concebido como humano a causa del desarrollo científico-tecnológico que algunos auguran que nos situará en una tipología que ya no puede ser considerada “humana”. Si esto fuese así, obviamente la cuestión sobre los sexos sería reformulada de tal manera que lo que ahora discutimos quedaría absolutamente desfasado.
“El hombre es el único animal que causa dolor a otros sin otro objeto que querer hacerlo”. Arthur Schopenhauer.
