Entendemos por costumbre[1], la manera habitual de actuar o comportarse, que se extiende hasta la práctica tradicional de una colectividad o de un lugar. Ahora bien, este significado es restrictivo si consideramos que el hábito condiciona no solo las conductas, sino también las actitudes. Es decir, la habituación de nuestra sensibilidad a determinados estímulos, un exceso de estos nos desensibiliza, hasta dejar de percibirlos con la carga emocional que conllevan.
Además, desde que en la comunicación social adquirió preeminencia la imagen como forma directa de llegar a nuestra sensibilidad, antes que a nuestra razón —cosa que no ocurre cuando es el logos, como palabra o discurso racional el medio de transmisión—, estamos sobreexpuestos a una excitación tan intensa, que el impacto de cada estímulo pierde fuerza, y se produce un sesgo de protección que inhibe la percepción de las iconografías más atroces, normalizándolas como si fuesen una música de fondo, y seleccionando las más gratas.
Esta criba de imágenes y, por ende, del tipo de información a la que otorgamos preeminencia no es algo inocuo o sin valor. Nuestra mente tiende por sobreestimulación a desviar la mirada de escenas en las que se muestran sucesos de guerras, de pueblos padeciendo hambruna. Esta desviación de lo que vemos, en cuanto procura evitar las imágenes más cruentas, no es solo una negación, sino una normalización de situación que ya no reclaman nuestra atención. Nos hemos desensibilizado. No captamos casi la diferencia entre la ficción y las imágenes reales.
Este fenómeno, que podríamos denominar sesgo de protección mental, se produce en las sociedades de la imagen a fin de mantener un cierto equilibrio. Si nos dejáramos afectar por cada escena que se nos brinda a través de medios de comunicación o las tecnologías de la información, viviríamos con una angustia y una desazón imposibles de manejar.
La actitud que adoptamos ante la cascada de imágenes insoportables favorece nuestra pasividad ante acontecimientos intolerables y una forma de control por parte de los poderes fácticos que buscan insensibilizarnos por normalización, y que nos impacten imágenes que nos muestran formas de vida benignas, como si nos sugiriesen sutilmente cuál debe ser nuestro objetivo. Obviamente, la reacción de la mayoría es la esperada porque ¿quién quiere sufrir ante sucesos que además provocan un sentimiento de impotencia total? ¿Qué podemos hacer ante guerras que crecen, en estos momentos, mediante golpes de estado en África? ¿Es posible conocer la casuística de cada región y obtener un criterio propio? ¿Qué hacemos una vez nos hemos forjado una idea de qué está sucediendo realmente? El mismo proceso se reproduce en las imágenes, a las que nos han acostumbrado desde hace años, de niños desnutridos, esqueléticos, que nos erizan el alma cada vez que nos topamos con ellas.
Retirar la mirada y no ver, por un sentimiento contundente de impotencia, es la actitud que se normaliza en la sociedad de la imagen que ejerce su poder mermando nuestra sensibilidad y manipulando nuestras emociones.
Si nos fijamos en la mayoría de los anuncios publicitarios en los que aparecen familias -ahora ya mostrando una diversidad que se intenta normalizar- en determinado tipo de viviendas, la primera cuestión que nos zarandea es ¿quién vive en España en ese tipo de casas? Desde luego, la clase alta, la media es la que tiene y puede vivir en un piso, la baja y la excluida es la que no tiene acceso a vivienda alguna. La cuestión sustantiva es ¿qué quieren hacernos creer? ¿Qué somos unos fracasados? ¿Qué en España se vive muy bien? ¿Qué podemos tener acceso a los bienes de consumo que nos muestran? ¿Qué la sociedad en la que estamos encorsetados es el paraíso terrenal?
Parece evidente, pues, que la información mediante imágenes no es en absoluto neutral, aunque pueda dar esa primera impresión porque es lo que vemos, no lo que nos cuentan. Además de estimular lo emocional y no la racionalidad crítica.
Con esto no estamos diciendo que lo iconográfico no pueda tener usos válidos y beneficiosos, pero no puede ser el sustituto de un logos escueto que se tiende a usar como eslogan de manipulación de los individuos.
El cuadro que aparece a pie de página, por su modalidad figurativa, puede ser susceptible de diversas interpretaciones. Tenemos la explicación que da el propio autor, pero ¿no sería posible que cambiado el contexto de presentación de la imagen, ésta propiciase una interpretación buscada y deseada en concreto?
[1] Extraído de la RAE.

Información de la obra original
- País: España
- Categoría: Pintura
- Técnica: Otros
- Soporte: Lienzo
- Temática: Otros
- En Artelista desde: 19 de junio del 2010
- Etiquetas: manipulacion
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Descripción de la obra
Quise representar en el lienzo mi propia visión crítica de la gente en general y lo que me parecen a mí las relaciones humanas casi en su totalidad. La pintura representa a dos seres, los pinté canijos, cabezones, deformes con la intención de que se notara un poco la acritud que tengo hacia la mayoría de las personas. Uno de estos seres (derecha) está siendo manipulado por detrás por el otro personaje, que lleva una máscara. Con la máscara he querido representar que en realidad no conoces a las personas, si no que las conoces como ellas quieren que las conozcas, usan máscaras según les convenga, todos las usamos alguna vez. El hecho de el ser de la máscara tenga la mano en el cerebro del otro, da a entender la manipulación, de ahí su sonrisa malévola. El otro personaje, con más colorido para representar de alguna forma que es alguien del cual se están aprovechando, sin máscara, alguien más o menos verdadero (por eso el otro no tiene color apenas, porque representa las mentiras), permanece impasivo ante esa manipulación, como permanecemos muchos, bien por miedo, bien porque no nos damos cuenta. Los colores en realidad no los tenía pensados, en ese aspecto he ido improvisando.
El cuadro no me gusta, me explico, he representado lo que quería que en parte puede parecer superficial al principio, pero si te pones a pensar, estoy seguro de que cada uno de nosotros nos podemos sentir identificados con este cuadro por alguna historia personal y cada persona puede interpretarlo de distintas formas y desde uno u otro personaje, pero la esencia es la misma. Aun así, no me ha quedado con el aspecto visual que me agrade, seguramente le faltan más tonos oscuros y mas dejadez en los personajes, así como construir un fondo mejor, mucho mejor. Quería hacer este cuadro porque siempre que me paseo por la calle, me voy fijando en la gente y me da muchísimo coraje como todos o casi todos están acomplejados por alguna cosa, siguiendo modas y estereotipos sin nisiquiera saber por qué, y todo es porque la gente se deja manipular y convencer. Estoy harto de gente que es de cartón y de máscaras, de personas que no se dan cuenta de lo que hacen con sus vidas, dejándose llevar por el rebaño. Harto de clichés y de tanta tontería, harto de gente que vive en la más pútrida ignorancia y se contentan con eso. Aun así, he conseguido lo que quería en este trabajo.
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