Emociones

Un comentario

Es muy difícil describir una emoción. El lenguaje no alcanza allí donde lo que se impone es una vivencia única. No obstante, disponemos de recursos como la metáfora, los símiles y otras formas de aproximarnos a lo que se resiste a ser, simplemente, dicho.

Intentar, por ejemplo, expresar la tristeza, y lograr que quien lo lea sienta esa oquedad en declive, es casi un horizonte al que cualquier escritor desea llegar. Algunos genios lo han bordado y ahí reside su genialidad.

Sin embargo, nos resta ese regusto amargo de no sentirnos plenamente reflejados, ya que por muy universal que sea la emoción siempre es inexorablemente subjetiva e intransferible.

Continuando con la emoción mencionada anteriormente, podría rebuscar esas palabras que provocaran sentires semejantes. Como decir, por ejemplo: la tristeza es el peso irrespirable de una carencia que no podemos paliar, la sentimos al andar, al intentar continuar viviendo, ignorándola; mas todo resulta inútil porque la falta se asemeja a una llamada interior e insidiosa de lo que ya no está, de lo ausente y el vacío que carga más que lo pleno.

Este ahínco por verbalizar una emoción, en algún grado, la desdibuja, le es infiel, aunque nos proporcione cierto espejismo de catarsis. La auténtica purga consiste en dejarnos sentir la emoción hasta agotarla, y cuando ya no quede rastro de esa tristeza, solo desde no sentirla, estamos en disposición de reflotar con emociones desligadas de lo que generó esa profunda tristeza.

La única forma de que una emoción se diluya es abriendo nuestro interior para que pueda recorrernos, porque antes de que nosotros nos evaporemos, su finitud será su propio verdugo. Dejar que las emociones vaguen sin reprimirlas es la vía más rápida de evacuación. Lo contrario, es vivificarlas y sostenerlas encarnadas como una contingencia en nosotros, y no finalizarán más que con nuestra propia aniquilación.

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