«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».
León Tolstói (Ana Karenina)
Este es el inicio de la gran obra de Tolstói que se ha popularizado, no sin una cierta dosis crítica. Aunque es un punto de partida, a lo largo de la novela aflora con un significado más nítido; pero extraída tal cual, deberíamos preguntarnos ¿qué es una familia feliz? Y si podemos considerar que hay alguna.
Si por familia feliz entendemos aquella que se ciñe a los patrones normativos, hoy hay muy pocas. Por el contrario, las formas peculiares de infelicidad pueden ser el indicio de que la felicidad normativa aboca sin remedio a huidas diversas, tal vez por asfixia, para hallar una forma propia de felicidad.
No obstante, como dice el refrán “en todas las familias cuecen habas” y, en consecuencia, todas son infelices a su manera, unas más y otras menos, pero no hay eso que pueda llamarse familia feliz, como en los cuentos de hadas.
Acostumbra a sucedernos que, a veces, sentimos que nuestra familia es especialmente nociva, infeliz e incluso patológica. En algunos casos es así. En otros muchos sentimos esa desdicha familiar como inigualable porque es la nuestra y porque no es fácil conocer los entresijos y padecimientos de otras familias que, a menudo, se acostumbran a esconder como si fuese una mancha socialmente inaceptable.
Sea como sea, asumir cómo es y qué vacíos o daños puede provocar la propia familia es un punto de inflexión crucial para no perpetuar esas dinámicas de funcionamiento en nuestras relaciones con otros, o en la familia que nosotros podemos llegar a crear. Consiste en realizar una especie de tanteo para distanciarnos cuando sea necesario y acercarnos cuando sea posible. Abandonar o negar los orígenes, en lugar de integrarlos beneficiosamente, solo nos lleva a no separarnos nunca, y llevar de manera latente ese dolor que nos atenaza. La idea de que los otros están mal, son enfermos, y yo soy la única cuerda es como mínimo sorprendente. O se trata de una persona de elevadas condiciones y capacidades, o quien nace en medio del lodo no puede lavárselo sin más. Los poros de la piel lo han absorbido, se producen obstrucciones que, si no se detectan, acaban causando un déficit de transpiración epidérmico y que se extiende por el resto de nuestra corporalidad.
De la misma manera, no me atrevería a decir que todas las personas “felices” se parecen, porque no creo que se dé tal estado. Aunque sí entiendo que cada uno es infeliz a su manera, ergo todos somos infelices, con momentos o paréntesis en los que nos sentimos felices. Sin embargo, ese es siempre un sentir fugaz, al que le sigue un contrapunto que lo envilece.
La clave es saber metabolizar esa infelicidad que forma parte de nuestra condición y también saber disfrutar al máximo de esos oasis en los que nos sentimos fulgurantes y dichosos.
Ese es todo el misterio, que no es tal, pero que nos empeñamos en convertirlo en algo complejo porque no podemos admitir que la vida sea tan mediocre.
Decía Schopenhauer:
“Porque lo verdaderamente principal, la auténtica existencia del ser humano es a todas luces lo que propiamente sucede en su interior, su bienestar interior, que es resultado de su sentir, querer y pensar. En un mismo entorno, cada uno vive en un mundo diferente; los mismos procesos exteriores afectan a cada uno de manera diversa, y la diferencia que únicamente surge por medio de esta constitución interior es mucho mayor que aquella que las circunstancias exteriores imponen entre las diversas personas. (…)
(…) Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que es a los ojos de otros.”[1]
Y esta sencilla y profunda apreciación del pensador, que ha sido calificado de pesimista, es de una lucidez extraordinaria, que no se obtiene de la nada. Aquello que cada uno logramos tener por nosotros mismos exige un arduo y doloroso ejercicio interior, sin el cual no sería posible que algo nos acompañara en la soledad. A veces recibimos de los otros bienes que, si nos apropiamos según nuestro carácter, quedan incrustados como luces. Otras veces debemos protegernos rebotando lo que proviene del exterior. Pero sea como sea, nadie consigue un cierto sosiego interior sin esfuerzo y cultivo de su interioridad.
[1] Schopenhauer, A. El arte de ser feliz Ed. Herder. 2003. Pp.97-98

Muy bueno. Y traer a Ana Karenina .. maravilloso. Feliz domingo. 🥂
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gRACIAS, IGUALMENTE!!!!!!
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