Rastreo, desalado y ávido, entre los recuerdos olvidados algún gesto afectuoso o similar, que pueda revelarme el lugar que ocupaba en tu interior. Tan solo poseo la apariencia de una esfinge que me remite a ti, fría y rígida, casi marmórea diría. Erigida en la autoridad divina que exigía alabanza y loa, rostros fascinados ante
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Rastreando las huellas registradas en mi recodo interior, deslumbra la profundidad de algunas de ellas. Son destellos simultáneamente emitidos que producen fulgores en la mirada mental, por contrapuestas, oscuras y coloridas, incapaces de sintetizarse en un haz de luz congruente. Cada destello mata muriendo en su desvanecimiento, dejando tras de sí lo que ha sido:
Nos requerimos para dar respuesta convincente sobre qué ocurre cuando parece no suceder nada. Y atónitos, por la disociación, conjeturamos que tal vez el acontecer más evidente sea -en esa aparente circunstancia del no suceder- la vorágine interna que se genera en busca de un sentido apropiado de la quietud.
Fluyen resonancias etéreas en un espacio impreciso, un rumor intenso y cansino desplazándose por doquier. Acaso sean efluvios que alojados en la interioridad del sujeto no responden a cuestiones desde parámetros externos. Es el sino del caracol humano.
En soledad y en silencio se firman hojas en blanco de una elocuencia evidente: es tal el tumulto interior, de quien no ha escrito, que nada se deja reducir por las palabras, no hay posibilidad de lenguaje, ni de comprensión hasta que la vorágine se calme. Apaciguada ya, tal vez se puedan arropar sucesos con