El sujeto se constituye en interconexión con los otros.

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No puede haber sujeto sin un otro. Esta sentencia sería, con matices diversos, sustentada por una diversidad de pensadores que van desde Hegel a Lacan, y muchos en la actualidad. Las diferencias entre ellos pueden ser significativas, pero lo cierto, es que la idea de que sin los otros no podríamos constituirnos en sujeto parece recurrente desde distintas perspectivas.

Si entráramos a analizarla en pensadores concretos hallaríamos formulaciones diversas. Podríamos destacar el desarrollo que sostiene Hegel del concepto de reconocimiento en la dialéctica del Amo y el Esclavo, en la que se es amo siempre que halla alguien que lo reconozca, siendo éste, a su vez, esclavo. Y a la inversa. Obviamente, esta dialéctica puede trasladarse abordando las relaciones entre esos sujetos, que son lo que son, por el reconocimiento de otro. El valor de ese reconocimiento puede entenderse de manera dispar. Aquí, nos quedamos con el hecho de que sin otro que diga conmigo lo que yo soy, no soy.

Destacaría, también, el concepto de refluencia de Zubiri. Según éste, el hombre es un ser abierto a los otros, un ser refluyente, en cuanto la especie refluye sobre el individuo y le hace “ser cada cual”, refluye dándole un cuerpo de alteridad y deviene un ser comunal, y refluye capacitándolo, en el sentido de que cada individuo se fundamenta en el contexto en el que aparece. Fundamentarse significa emerger arraigado a un tiempo histórico concreto. En síntesis, y parafraseando al mismo autor, los demás antes de que vengan a mí en mi experiencia o de que yo vaya a ellos, están ya metidos en mi vida, es decir, nos encontramos a los otros en un mundo humano, y la constitución de este mundo es previa al encuentro con los otros y fundamento de este encuentro.[1]

Por último, a fin de asentar la concurrencia del principio enunciado al inicio de este escrito, recuperemos la noción lacaniana.  El sujeto humano surge solo cuando el lenguaje le atraviesa, este modelaje se produce de forma violenta cuando el cuidador/a del bebé comienza a atribuir significantes a los quejidos o llantos del niño –“tiene sed”, “tiene hambre”, “le duele la barriga”- interpretándolos, o lo que es lo mismo atravesándolo con el lenguaje. Esta imposición del lenguaje es necesaria para la constitución del sujeto. La cuestión es, obviamente, más compleja o lo que se deriva de lo aquí reproducido, pero no ha lugar.

En definitiva, venimos como un cuerpo al mundo y este en interacción con los otros, que nos someten -quieran o no- desde el principio, se va amoldando al contexto -los otros, o lo otro- de tal forma que crecer implica construirse a sí mismo como sujeto trascendiendo lo que se ha recibido, pero no podemos reconocer como propio.

Así, si ser en este mundo necesita del otro -este otro necesitó de otros, a su vez- ¿Cómo puede el ser humano destruirse salvajemente, sin que algo se aniquile, a su vez, de cada uno? De facto, puede matar creyendo que aquel al que mata le es absolutamente ajeno, pero se equivoca. Recordemos que nacemos fundamentándonos en un tiempo histórico, a partir del cual nos constituimos como sujetos. Ese contexto de violencia y muerte es la base sobre la que vienen al mundo nuevos humanos que estarán constituidos a partir del matar al otro como si no necesitase de él. Esta es la base sobre la que se arraiga el ser de cada cual de la especie y que destruye aspectos fundamentales de lo humano, como ser con y el los otros. Seguramente, leída la historia desde esta perspectiva iluminemos acontecimientos que nos continúan destruyendo hoy.


[1] Zubiri, X. “Tres dimensiones del ser humano: individual, social e histórica”. Alianza Editorial. Fundación Xavier Zubiri.

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