Hay asuntos de los que no merece la pena hablar. El instante en el alguien, impotente, renuncia a abordar una cuestión es porque da todo por perdido y no alberga esperanza de que una brizna de aire desempolve alguna grieta o vericueto por el que entrar. La vorágine desatada impide el matiz, la posibilidad de
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Somos materia orgánica, cuerpos sometidos a la degeneración que les es propia, pero que se resisten a aceptarse como tales, finitos y contingentes. El trasfondo cultural en el que vivimos ha denostado lo contingente como algo banal y superfluo en oposición a lo necesario, este último como la manifestación de lo auténtico e incluso absoluto.
Deambular como ser contingente, como real, por la contingencia misma nos aboca inexorablemente a una incertidumbre que no creemos poder soportar. Educados en las certezas de la racionalidad, sentimos un fracaso vital al apercibirnos como seres, que, siendo prescindibles y azarosos, están aquí, y algo deben decidir y hacer para resistirse a las abruptas andanadas
Toda ontología -indagación sobre el ser de un algo– es una perspectiva y, por ende, una visión sesgada. Nuestra comprensión del mundo -y nosotros mismos con integrantes de ese mundo nuestro– parece necesitar la elevación de una categoría determinada como lo sustantivo de lo ente. Ahora bien, en la medida en que decimos que lo




