Cuando un pueblo quiere un gobierno que dé respuestas a las urgentes necesidades pendientes, los símbolos les pueden parecer marionetas infantiles un tanto irrespetuosas para los que les urge vivir.
No hay lugar en una guerra donde ocultarse, cualquiera puede ser tu enemigo o tu amigo, quizás dependa del alma que cobija.
Si hubiese un sentir ingrávido, ese debería ser el dolor, careciendo así de esa naturaleza punzante.
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El mayor agravio y desprecio es la absoluta indiferencia.
Mientras haya niños y familias enteras, condenadas por la hambruna y la metralla o la química de guerras que no les pertenecen, todos somos cómplices de esas matanzas. Cuando están en su país porque los masacran como a moscas, cuando escapan y buscan refugio porque disparamos todas las alertas para sacudirnos “el problema” de nuestro
Lo más trágico de creerse conocido por sí mismo, es haber negado ese monstruo que todos alojamos y que brotará de la lenta metamorfosis que Kafka condensó en un habitáculo.
Hace falta mucho coraje para llorar pasadas las hojas de la vida.
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Amar es esa imposibilidad que los humanos rozamos por naturaleza, entre el yo que quiere, el yo que desea y el yo que absorbe, frente a otro que se rige por el mismo patrón. Así la confluencia del querer, el desear, y el absorber determina un vínculo nunca satisfecho que deviene en ocasiones dañino. En