Somos tan ínfimos y reducidos que no podemos hacernos cargo de nuestra pequeñez. Por ello, “narciseamos” ante el espejo machaconamente interiorizando la creencia de nuestra grandeza y poderío. Tan solo así, toleramos “la insoportable levedad del ser” kunderiana.
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Decía Kundera, que la primera condición de la libertad se da allí donde [1]el hombre es escupido a la tierra por el cielo y pone el pie sobre el mundo, sin el mínimo sentimiento de gratitud, porque allí donde hay agradecimiento hay deuda, y donde hay deuda siempre puede haber unos padres aumentando la renta.