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Decía Kundera, que la primera condición de la libertad se da allí donde [1]el hombre es escupido a la tierra por el cielo y pone el pie sobre el mundo, sin el mínimo sentimiento de gratitud, porque allí donde hay agradecimiento hay deuda, y donde hay deuda siempre puede haber unos padres aumentando la renta. Por eso, insistía el autor checo, no se da la libertad allí donde los rechazamos o enterramos, sino allí donde no son, allí donde desconocemos quienes eran.

Esta reflexión puede mostrarse ajena a las mentes jóvenes, pero más familiar a las gastadas y recicladas. Discernir si es la generosidad o el egoísmo de los humanos, o el cumplimiento de un mandato biológico, religioso o cultural es una tarea compleja. Bien seguro, que pueden interactuar distintos de los factores mencionados. Sin embargo, porque considero que es a lo que se refiere, en su texto Kundera, me detendré en el aspecto egoísta que a menudo, por decoro, disfrazamos de generosidad.

Cierto es que, aquello que impele a una pareja a traer un hijo al mundo por voluntad o falta de responsabilidad aparente, nos resulta algo oscuro porque, dado que nadie hay que se beneficie en ese momento de nuestro gesto, se asemeja más a un acto de egoísmo –tanto si lo elijo como si no- que a otro tipo de acto. La crianza de los hijos exige un esfuerzo y una renuncia para los padres en muchos casos, pero parece ser que eso va cargando el equipaje parental de argumentos por los cuales los hijos están luego en deuda, con lo que la generosidad debería ser excluida de esta dedicación tan exigente. Desde esta perspectiva los hijos parecerían una inversión a largo plazo, y así es explícitamente en muchos casos.

¿Qué puede esperar el hombre de sus progenitores? Pues, que sean el primer escollo de su libertad, en cuanto que la deuda puede querer ser cobrada en monedas muy diversas. Una opción es liberarnos de ellos rebelándonos, poniéndolos en su lugar que no es el que se han atribuido. Yo diría que no hace falta esperar a enterrarlos. Pero, lo que si es cierto, es que la liberación sin la que no puedes conquistar ningún otro grado de libertad, es un lidiar interno con las figuras interiorizadas parentales y las reales. El objetivo será conseguir un dialogo con las reales, aunque ellos se empeñen en seguir siendo esos seres auxiliadores que todo te lo han dado, y que merecen lo mismo, sin reconocer que no te toca a ti hacer ahora de padre o de madre, o vivir la vida que ellos quisieron como si tú fueras la prolongación, o ser su mascota de compañía, o…

Esa lucha interna es la única forma de liberación, es dura si ellos no colaboran, pero posible, contribuyan ellos o no.

[2]Si no podemos cambiar el mundo, cambiemos al menos nuestra vida, y vivámosla libremente.

[1] M.Kundera. La vida és lluny d’aquí. Barcelona 2016.Tusquets Editorial
[2]Ibídem.