La utopía de lo real

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La convicción de que lo auténticamente real debe permanecer siempre estable, e invariable se aleja tanto de la experiencia y del sentido común que si escudriñásemos las implicaciones de esta perspectiva veríamos que real tan solo debe haber algún tipo de ser que no se deja categorizar por nuestros parámetros habituales e irreductible per se. Algo así como una realidad trascendente o como mínimo al margen de este mundo, que quizás alguno denomine dios.

Pero, si así fuese la realidad, acaso nos convendría concluir que estando fuera de nuestro alcance más nos vale ocuparnos del mundo, que es el entorno que podemos conocer, gestionar y conservar.

Si esta convicción fuera falaz, cuestión imposible de contrastar porque estamos hablando de metafísica, nuestra labor debería centrarse también en la búsqueda de la naturaleza de lo real.

Como el tiempo parece habernos indicado que hay nociones que son puramente principios indemostrables, acaso será más efectivo mirar al mundo y dejar la vista en el horizonte, tan solo cuando tengamos clara conciencia de estar indagando en un terreno pantanoso donde lo que buscamos, además, es el sentido de lo humano en un mundo que tal vez sea tan solo existente pero no auténticamente real. Y si así fuese ¿qué somos nosotros?

La risa de un niño

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En el ingenuo candor de un infante riendo desde lo más hondo de sí, el mal queda aniquilado. No hay escena más bella, limpia y terapéutica que ésta, en un entorno tan deshumanizado, constituyen el último baluarte de una civilización despiadada y maligna.

Causas o Azar

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Si nada sucede en vano, todo tiene causa y fin. Nosotros títeres sin voluntad real. Si nada sucede por algo, su causa es el azar sin propósito. Nosotros libres en un cosmos inmenso que desconocemos, con voluntad saturada de querer e imposibilitada de actuar.

Somos hormigas en una ciénaga ignorada.

Falsar y verificar la vida

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Sabemos que la verificación científica de una hipótesis no es posible, ya que tan solo acumulamos, en definitiva, datos estadísticos a partir de los cuales asumimos riesgos. Estos pueden ir acotándose con más base empírica pero nunca eliminando por completo. En consecuencia, al igual que en el campo científico en otras disciplinas los humanos estamos más orientados a detectar falsedades que verdades.

Es un hecho curioso porque puede tener, al menos, dos explicaciones: una que sea más factible encontrar los datos que falsan una hipótesis o enunciado. Y la otra que por naturaleza social desarrollamos habilidades para la impostura que nos facilitan identificar lo falaz con más rapidez que lo verdadero.

Sumergidos en la vida social, hay que ser un buen falsacionista para no caer en trampas ajenas, y dejar el verificacionismo  para las relaciones más próximas, que tal vez exijan una intensa mirada a los ojos para desvelar el grado de sinceridad que no otras estrategias.

Algo debe haber de esa tendencia hacia la maldad de la que Hobbes nos alertaba, más que del “buenismo rousseauniano”

¡Cuidado con Heráclito!

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Amanece suave y lentamente, como cada día. Nada del mundo altera este devenir heraclitáneo, este ciclo de contrarios que, por ende, contiene en sí todo conflicto existente. De tal modo hay día, porque hubo noche; y bajo este parámetro dialéctico parece que debamos asumir que hay judíos reivindicando la ciudad de Jerusalén, porque de igual forma hay palestinos. Y los excesos verbales del pato Trump no son más que vericuetos para estimular esa dialéctica de contrarios que sostienen lo existente. Que alcanzará la Justicia con el equilibrio en esa lucha de opuestos: utópico, siempre.

Me pregunto quién quiere una existencia así. 

Creación literaria

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Entre manosear y acariciar las palabras hallamos una compulsión a la escritura o una poética literaria. Por eso, “ni están todos los que son, ni son todos los que están”, porque la industria editorial ha difuminado la línea entre el burdo manoseo y el arrullo cándido.