Amistades

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Si  la respuesta de quien consideras amigo, decae reiteradamente entre la ausencia y la aparente indiferencia es que acaso carezca de capacidad emocional para dar más. O bien, esté tan circunscrito a su ego, que la alteridad sea siempre mirada desde sí mismo, sin otra posibilidad. En vano será el esfuerzo, tras el perdón, de rehacer el vínculo dañado, porque se asemeja la historia a un círculo vicioso inalterable.

La tensión política insoportable.

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En esta tensión insoportable de relatos impuestos como mantras, quizás todos acabemos psicóticos delirantes que, en fases recesivas, sintamos la explosión de un cerebro que no soporta tanta contradicción en la interpretación de los hechos. Algunos incluso deseen la huida y la desconexión mental, aunque no hallen la fórmula de declarar la república independiente de su persona.

Diálogo versus claudicación del otro

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Es evidente que el gobierno español no está dispuesto a dialogar sobre la unidad de España que, aunque pueda ser justificada por los principios derivados de la Revolución francesa en que la unidad territorial garantizaba la igualdad de derechos de los ciudadanos, entiendo que en el contexto actual deben existir otras exigencias más contundentes atendiendo a que dicha igualdad no viene hoy garantizada ni por la unión de un territorio, ni por ningún otro factor. Así, la cuestión parece moverse más bien en el terreno de lo ideológico.

Por su parte, el gobierno catalán y atendiendo a la carta que su presidente ha enviado como respuesta al requerimiento del gobierno español, parece que “Queremos hablar, como lo hacen todas las democracias consolidadas, sobre el problema que le plantea la mayoría del pueblo catalán que quiere emprender su camino como país independiente en el marco europeo…Nuestra intención es recorrer el camino tanto en el tiempo como en las formas” Es decir, la voluntad del ejecutivo catalán también es inamovible: independencia sí o sí. La legitiman en una supuesta mayoría que es altamente controvertible por muchas razones que ya se han  aducido y que me resultan cansinas.

Visto lo visto, una de las partes rechaza directamente el diálogo sino es dentro del marco constitucional. La otra se reviste estéticamente de una demanda de mediación cuando en última instancia lo que busca es alguien que convenza al Estado español de su derecho a la independencia, sin rebajas.

Mi pregunta es ¿Qué se puede dialogar cuando no existen puntos en común en los relatos, ni en el análisis de la situación ni en el objetivo, y cada una de las partes tiene su punto de partida y llegada como la antinomia del otro?

Un juego político en el que uno es altamente torpe por pasivo y en el que el otro dispone de una habilidad digna de ser estudiada con posterioridad en escuelas de marketing por la oratoria “buenista”-“somos buena gente” como argumento político definitivo- y la capacidad de desarrollar mediante la manipulación un sentimiento nacionalista y de victimización.

Que no nos engañen. Ninguno quiere diálogo, sino la rendición del otro.

Terrorismo en Somalia

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Cientos de muertos y heridos agonizando en Somalia, víctimas del mismo terrorismo que nos asola aquí. Pero ellos son diferentes, anónimos, existiendo a montones. Nuestra indiferencia es casi tan cruel como la bomba que los ha destrozado. Tampoco tiene perdón nuestra arrogancia.

Vicio o enfermedad

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El término vicio ha perdido en la actualidad la carga moral que le era propia años atrás –desde Aristóteles en realidad- Al identificar muchas de esas acciones como adicciones enfermizas que someten al individuo contra su voluntad y que exigen un tratamiento médico, han pasado a desprenderse, en gran parte, del juicio moral. El alcoholismo, el juego, las drogas, la impulsión al sexo,…No obstante nos hallamos a caballo entre la comprensión y la dificultad de aceptar estas conductas como fruto de enfermedades. Esta ambivalencia desgarra-de igual forma- el interior de los propios enfermos que no acaban de aceptar que su voluntad pueda estar anulada hasta tal extremo.

La razón última de la dificultad social y social de aceptación de estas conductas como enfermizas la encontramos en que son trastornos mentales, de la personalidad o de forma más genérica enfermedades mentales que no tienen diagnóstico visible ni a través de pruebas clínicas contrastables. Aunque sea cierto que determinados estudios a través de tecnología avanzadas hayan identificado diferencias significativas en áreas del cerebro de un enfermo mental X y otro que no padece la enfermedad, no existen pruebas diagnósticas que se utilicen más allá de test realizados al sujeto en cuestión, cuya fiabilidad puede ser siempre cuestionable. Tampoco son enfermedades visibles por sus síntomas más que las conductas enjuiciadas, o las realizadas para ocultar dichas conductas.

Situados en el campo de la salud mental el individuo tendrá siempre la sospecha tras de sí. Esa espada de Damocles que se personifica en las revisiones médicas que la sanidad pública realiza como un tribunal sumarísimo, no como una atención a un enfermo que no debe ser nunca citado para justificar la existencia de una enfermedad que deben avalar los médicos que lo tratan.