Poder es querer

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Si buscáramos una constante en la historia de la humanidad, ésta ha sido, sin duda, la conexión inexorable entre el poder y la acción. No hay nada previo a la intensidad de lo que somos capaces de hacer y lo que realizamos. Ni tampoco existe nada entre ese nexo impetuoso entre poder y acción. Y que no hallemos resquicio de nada, ni a priori ni en la ligazón infranqueable de la potencia y el acto, significa que no hay criterio de referencia para discernir si lo que puedo es lo que debo. Esta ausencia responde estrictamente a nuestra voluntad y ésta, generalmente, quiere lo que puede. Preguntémonos ¿cómo pudo Nietzsche intuir este principio regulador?

Spinoza

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“…si la piedra lanzada por los aires por un golpe tuviera conciencia, creería que se desplaza por su propia voluntad. Añado simplemente que la piedra tendría razón. El golpe es para ella lo que para mí el motivo, y lo que para ella aparece en el estado dado como cohesión,  gravedad y persistencia es idéntico en su esencia a lo que yo reconozco en mí como voluntad…”

Spinoza, Epístola 62

Reincidimos en la constatación de que lo problemático es la conciencia.

Schopenhauer

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“Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo, y cuando ese tránsito es rápido aporta felicidad, desgracia cuando es lento. Por lo menos no se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo sin objeto determinado, un abatimiento mortal”

Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación

¿Por qué hay algo en vez de nada?

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Quienes consideran que la pregunta fundamental de la filosofía la formuló Leibniz al cuestionarse ¿Por qué hay algo en vez de nada?, no se remontan, de facto, más allá del problema sobre el sentido de la vida humana, y por ende de la cuestión principal que Camus expresó diciendo ¿Por qué no me suicido?

Ambos interrogantes están arraigados en el misterio más punzante para el ser humano, a saber, el sentido de todo y, concretando más aún en el por qué hay una materia que se piensa a sí misma –posee conciencia- si se halla en un mundo sin sentido.

La cuestión crucial es, por tanto, el sentido, no las causas del ser. Cierto es que escudriñar por qué hay algo, en lugar de la nada absoluta, permite configurar hipótesis sobre el sentido, en cuanto descubrir el lugar del hombre en el universo despejaría amplias dudas.

Así, si la necesidad acuciante es dotar de sentido la vida, podemos tal vez por nuestra incapacidad metafísica, particularizar la pregunta para poder identificar qué hace que quiera seguir viviendo. Parece que intentos más pretenciosos de explicaciones universales no pasan de ser meras hipótesis incontrastables, que urge reducir al ámbito del sujeto concreto para averiguar por qué la autoconciencia no nos aboca indefectiblemente a la autolisis.

Porque dispuestos a rebuscar nos resta saber si tiene algún sentido y debe tenerlo que haya una materia con conciencia que lleve a preguntarse angustiosamente por sí misma.