Revivir

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Si a quien reconstruye su vivir, o lo inicia como tal con conciencia, le mostramos las ruinas huecas de las que parte, en crudo, estamos evidenciando la difícil tarea de vivir, habiendo estado casi muerto. Es algo así como invitarle a masticar su miseria para que tras la indigestión resurja vívido negando un pasado que lleva en las entrañas. No tienes vida –le espetamos sutilmente- pero estás obligado a crearla.

La guerra

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Entre las ruinas de piedra y cemento, envueltas en un polvo blanquecino, vagabundean niños perdidos que no cejan en su empeño de rebuscar a quienes han dejado de buscarlos a ellos. Son “efectos colaterales” de la guerra, esa encarnizada y absurda acción destructora que tantos legitiman. Mientras, en una amalgama de dureza indescriptible, infantes que lagrimean se desplazan por los campos de batalla rastreando señales de una voz que los reclame. Con la esperanza ingenua de no ser niños de nadie.

Inmortalidad

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Los humanos, como seres vivos, somos mortales. La quimera de superar ese designio es cuestionable, porque sabemos que los beneficiarios de los avances científicos y tecnológicos son, de entrada, un reducido grupo de individuos que poseen el poder económico. Esto podría dar lugar, en el caso de que fuese posible alargar sustancialmente la vida, a una casta de hombres “superiores” que asentados en sus poltronas contemplasen el ciclo natural de la vida en los descastados, pasando a ser estos últimos, con mucha probabilidad, esclavos de deshecho de los nuevos posthumanos. Esta hipotética situación es una distopía indeseable contra la que debemos anteponer criterios éticos. Se puede objetar, a lo dicho, que con el tiempo los avances se van democratizando, pero me pregunto para qué queremos vivir más si no sabemos lo fundamental: qué hacer de bueno con nuestra vida.