Embriagados del transcurrir en sí, nos envuelve una turbia nebulosa que nos impide adquirir conciencia del acontecer. Quedamos sometidos a la ignorancia sobre el deterioro, la degeneración y el envejecer propios hasta que un gesto quebrado desparrama los años violentamente en el cuerpo. Entonces, la conciencia de la propia finitud, de la proximidad de la finitud, aparece nítida y diáfana como evidencias transparentes. Alguien nos espera a la cita universal, habrá que proveerse del atuendo.
Envejecer
Etiquetas: Existencia
Publicado por Ana de Lacalle
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