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La naturaleza del lenguaje es de aquellas cuestiones por las que merodean la ciencia, el arte, la literatura, la filosofía; como cuatro alumnas avezadas que no están dispuestas a ceder su lugar ni merito a ninguna que no le pertenezca. Las apreciaciones de cada una no tienen por qué excluirse, pueden convivir e incluso enriquecerse. Aunque también es cierto que pueden constituir una flagrante contradicción.

Uno de los aspectos esenciales sobre el que, ingenuamente quizás y desde la perspectiva filosófica, pensaba que ya no había controversia era la sentencia: “no se puede pensar sin lenguaje”. Aunque parezca una aseveración sobre el pensamiento más que sobre el lenguaje de hecho no es así, porque de es una proposición recíproca, en cuanto no puedo pensar sin lenguaje, pero tampoco puede haber lenguaje sin pensamiento. Así, hablando de qué es el lenguaje diríamos, con convicción, que el lenguaje es necesariamente pensamiento. De la misma forma que el pensamiento es lenguaje.

Para mi sorpresa, he podido constatar durante este último año que para algunos, y no pocos, lingüistas de las facultades de filología, el asunto no es nada evidente. Es más, para estos expertos resulta obvio que se puede pensar sin lenguaje, y que es por tanto en determinados momentos algo independiente del pensar. El ejemplo estrella al que acuden es el de la imaginación. Si yo tengo una imagen en mi mente, estoy pensando pero no uso el lenguaje.

Sinceramente el diálogo me recuerda a una clase de primero de bachillerato, lo cual me congratula porque constato que el nivel de los alumnos que he tenido se asemejaba al de filólogos titulados. Creo que son chavales que están llegando lejos en la competición profesional. Seguimos: la imagen que viene o traigo a mi mente, que constituye una  idea, no el acto de pensar sino un pensamiento, es significativo para mí, puedo decirme a mí mismo qué es esa imagen, porque dispongo de un lenguaje formado de conceptos que me permiten dar sentido a las cosas. Es decir, cuando yo digo “casa” la imagen alojada en mi mente se hace nítida, antes no era “nada” más que una nebulosa sin sentido y molesta para mí. De esta forma, ni imaginar podemos sin lenguaje porque es él el que nos proporciona, por su carácter simbólico, el sentido de cada cosa que podamos tener en la mente.[1]

Añadiría como alegato para festejar que pensemos con el lenguaje, la siguiente fábula:

Imaginemos una humanidad que no piensa mediante el lenguaje. Individuos en los que la razón y la palabra discurren por barrios distintos. Ahora, situémonos en un país que intenta elegir gobierno después de dos procesos electorales –sí, es posible, pensamiento y lenguaje no se tocan- ¿podrán su políticos sacrificados y honestos llegar a acuerdos si una cosa es lo que piensan y otra es lo que dicen?

Moraleja: aunque las pruebas empíricas den la razón a los filólogos, los filósofos siguiendo las instrucciones de Platón insistimos en que eso solo pasa en los políticos que carecen de LOGOS –unión de palabra y razón- o los políticos se hacen filósofos o que gobiernen los filósofos.

En síntesis, no podemos pensar sin el lenguaje porque es a través de él que organizamos nuestro pensamiento y gracias a  su carácter simbólico desarrollamos la capacidad de abstracción, sin la cual el intelecto humano no sería el que es.

Aunque ya sabemos que hay quien habla porque tiene boca, no porque piense.

[1] Recomendaría para los filólogos con pereza mental la lectura de los volúmenes que se han editado en los últimos meses de Sánchez Ferlosio. En el primer volumen hay un artículo sobre el tema que les convendría contrastar.