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“Aunque concibo perfectamente una vida en la que toda necesidad encuentre satisfacción, mi cuerpo, es decir mi alma, no es de esta vida, se ha convertido en un mero receptáculo donde sólo cabe, hasta ocuparlo por entero, otro cuerpo, es decir, otra alma, cuya característica más sobresaliente sea que no está (…) dado que el cuerpo que me ocupa solo me ocupa en la medida en que está ausente.”

Félix de Azúa, El hombre humillado, Anagrama

A ninguno nos pertenezca, tal vez, esa vida que De Azúa ve posible concebir pero no reconoce como propia, ya que sentirse viviendo con plena satisfacción de toda necesidad se asemeja más a un cuento de hadas o a una existencia ideal que a nada fácticamente conocido.

Ahora bien, el autor siente su ser como un receptáculo vacío cuya naturaleza es sentir la ausencia de otro ser cuya esencia consiste en permanecer ausente. Es como si dijera que su alma se llena de la ausencia. Es decir de aquello que por naturaleza es lo ausente, y se nos hace presente precisamente por su falta. Y es esa añoranza o anhelo lo que llena de sentido nuestra vida.

Atendiendo a lo que Félix de Azúa afirma uno puede dirigirse en plenitud a lo alto de una montaña a gritar como un iluminado o, por el contrario, deslizarse sigilosamente en su lecho, para que nadie lo descubra, y dejar pasar los días adormilado.

Si somos un ser vacío, incompleto anhelando la plenitud con un alma cuya esencia es la ausencia, será que este encaje entre receptáculo y alma ausente aquí-suponemos- será posible como horizonte, ideal o utopía. Casi veríamos vestigios de un cierto platonismo del que se deriva obviamente la esperanza de que sea posible en un mundo perfecto, lo que aquí es mera aspiración. Excursión a la montaña.

Si siendo ese receptáculo que ansía alojar un alma, que por naturaleza no puede ser alojada, si para ocuparme tengo que estar desocupado, es evidente que mi plenitud exige una contradicción lógica y por descontado imposible ontológicamente que solo me deja en el vacío del que parto, la frustración y el sinsentido. Paseo discreto a la cama.

Considero que auto-reconocerse solo como receptáculo es una perspectiva estrecha y egocéntrica. Si todos no ponemos “en modo” receptáculo, ¿quién se pone “en modo” relleno? Siendo además realistas, alguien egocéntrico acaba ahuyentando al resto de su lado, porque no hay humano que pueda sentirse realizado siendo una fuente de energía renovable.

Quizás el aspecto destacable es el hecho de que asocie la presencia de algo con su ausencia. Esta vinculación ha sido establecida anteriormente, por ejemplo, por una autora como Simone Weil con su conocida frase “Dios brilla por su ausencia”, pero así como podría ser explicado por qué puede notarse la ausencia divina, tal vez sea más difícil dar cuenta de cómo puedo tener presente y “llenarme” de alguna manera de algo sin haberlo poseído, primero, y perdido después. Tan solo en este último contexto podemos sentir la presencia de algo en la medida en que sentimos su ausencia. (La cuestión de relativa a Dios, la dejo para quien se dedique a ello).

Así pues, ni a la montaña, ni al lecho en cuanto que no somos tan solo receptáculos, sino seres que necesitamos dar y tomar e incapaces de notar la ausencia de lo que no hemos tenido. (Por eso no tengo ni microondas, ni lavavajillas)

Donde no ha habido presencia no puede haber ausencia, solo vacío.