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La opinión pública se manifiesta, con apariencia de libertad, como una  masa monolítica que impone las formes de vida, de pensar y actuar válidas. Esa expresión de falsa libertad es la resultante de la manipulación, el marketing de los medios de comunicación y los poderes políticos al servicio del capital, y es a lo que denominan  democracia. Pero bien sabemos, a estas alturas, que no son auténticas democracias porque el formalismo de los procesos, ante el riesgo de haber manido  la voluntad popular, nunca garantiza la auténtica expresión de un pueblo en libertad y sin manipulaciones planificadas cuyo influjo puede durar hasta años.

La distinción en democracia formal y democracia real, reflexión que tuvo su momento álgido alrededor de hace una década, no está ni superado, ni resuelto, porque los gobiernos se preocupan por dar apariencia democrática a lo que analizado constatamos que para nada lo es, pero parece ser que a ninguno le interesa ciertamente la democracia en sí. Ni por supuesto, a los que han sustituido en momentos claves el término independencia, por el término democracia para sumar más adeptos, creando una confusión de discursos que resulta difícilmente clarificadora, porque son relatos emocionales, no racionales.

La democracia está sobrevalorada, porque distando mucho de serlo, nos han hecho creer que vivimos bajo su paraguas garante de derechos. Y siendo avezados podemos percibir cómo los derechos aumentan con el poder económico y se van evaporando con la penuria. Algo tan simple, evidente y cotidiano como esto debería abrirnos los ojos.