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Sucumbimos ajados, a la  seducción de los placeres fáciles e inmediatos para absorber precipitadamente oxígeno, y seguir viviendo en momentos agónicos. No hay humano que naciera con reservas extras de ese gas vital sin el que nos entregaríamos a la desidia, el decaimiento y a un posible proceso destructivo.

Por ello, nadie puede ser juzgado por haberse entregado al placer en sí, sin reflexión previa, más que el deseo de desconectar de una absurda realidad, evadirse y postergar la vida durante unas horas. Acaso sea hasta terapéutico.