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Dicen que el número trece da mal fario, será por esa suerte que no superaremos la maléfica cifra. Tras años andados, entre la ambigüedad, el miedo, el no reconocer lo acontecido, se imponían destellos de un querer no elegido, casi tropezado, junto con pasiones in crescendo que sugerían un desastre a evitar con todo el esfuerzo. Aun así, jugando a la ambivalencia del truco o trato, a ratos trato que se sostenía un tiempo, a ratos truco que se prolongaba más, se cumplió ese dígito feo e intratable que deberíamos haber borrado, sobre todo para finiquitar una larga historia con un tempo numérico más estético.

Poco importa ya la intensidad, la borrachera que nos embriagaba los días que nos fugábamos al paraíso, si la sinceridad que derrochábamos cuando susurrábamos secretos inconfesables al oído.

Poco importa ya si alguna vez creímos que algo era posible, porque  finalmente nuestros posibles, tras tanta coincidencia inverosímil, no confluyeron.

Poco importa lo que fue, si al cabo no es, y simplemente nos resta el llanto de haber sido incapaces de luchar por algo que quizás valía la pena.