Las migraciones: una reparación histórica.

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Los movimientos migratorios se producen generalmente por causas políticas, económicas y sociales. Aunque todas ellas están interrelacionadas, en las últimas décadas hay que destacar la importancia que las guerras y la pobreza han tenido en el flujo migratorio. Esto, a menudo, como consecuencia directa del imperialismo de los países más potentes económicamente que han extraído y “robado” la riqueza de materias primas de los países de continentes como América y África, además de intervenir, una vez independizados como colonias, subrepticiamente en la orientación política y económica de estos. Resultado de estas estrategias de dominación y sometimiento y de la diversidad étnica y religiosa de algunos de estos países, las guerras civiles se han perpetuado y con ellas la imposibilidad del desarrollo económico autónomo y la erradicación de la pobreza.

Esta somera síntesis sirve para explicitar que las migraciones, de hoy, son consecuencia de un pasado en el que la intervención de los países más ricos ha sido decisiva. En consecuencia, y si la Declaración Universal de los Derechos Humanos ha tenido en algún momento algún tipo de veracidad, deberíamos sentirnos obligados a acoger a cuantos huyen de sus países de origen buscando unas condiciones de vida más humanas. Más aún, en un momento en que la globalización económica continúa siendo una forma, ideológicamente velada, de explotación y sometimiento.

Pero aquí  se nos plantea el gran problema: ¿Cuántas personas puede acoger cada país y qué política de acogida de inmigrantes debe llevarse a cabo? Las cuotas de emigrantes es una de las cuestiones que genera más conflicto en la Unión Europea, dejando por falta de consenso el fenómeno migratorio como un gran meollo a resolver por los países mediterráneos que son el lugar de acceso de los flujos migratorios. Este es un primer escollo, ante el cual hemos visto gestos inhumanos por parte de diversos Estados.

Una cuestión posterior es qué políticas de “integración” se aplican, es decir, ¿esperamos una inmersión que les lleve a renunciar a sus orígenes? ¿Un reconocimiento de la multiculturalidad de difícil gestión en una misma unidad social? O bien ¿una estrategia intercultural que mediante el diálogo esté dispuesta a dar y recibir mutuamente? De esta última se derivaría una síntesis cultural diferente a la de la sociedad de acogida, que no muchos están dispuestos a aceptar.

Pero es evidente que no podemos dejar que los acontecimientos se vayan produciendo por falta de políticas claras que opten  por la convivencia y la posibilidad de compartir recursos y bienes, con los que antaño fueron despojados de ellos, por nuestros antepasados y siguen siendo devastados por nuevas formas de explotación.

La revitalización de movimientos xenófobos en los países con más alto índice de inmigración es un acto etnocentrista, egoísta, y de una injusticia supina. No somos capaces de reconocernos como los verdugos de los que hoy parecen implorar y agradecer, en muchos casos, nuestra ayuda; y mientras ese reconocimiento no se dé no hallaremos cómo gestionar una sociedad que ya no nos pertenece exclusivamente, por justicia.

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