Traductores y exegetas

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Como asevera Bruno Bettelheim en el prefacio de su obra “Freud y el alma humana”[1], las traducciones inglesas, en su afán de cientifismo, han vertido una versión distorsionada de los textos originales de Freud:

“Conversaciones sostenidas con mis amigos han puesto al descubierto que muchos que, como yo, tienen el alemán como lengua materna y emigraron a los Estados Unidos a mitad de su vida están muy descontentos de cómo se han vertido al inglés las obras de Freud. El número de imperfecciones y de errores categóricos es enorme; corregir exclusivamente los más flagrantes sería una  tremenda tarea y muy difícil decidir por dónde empezar y en qué concentrarse” (pg. 10)

Pero, al margen de los entresijos que rodearon estas traducciones avaladas por discípulos cercanos al maestro, lo que pretende el autor es recuperar el sentido originario atendiendo al contexto cultural y de formación de Freud de los que no se puede prescindir, para ser lo más fidedigno posible al significado de los escritos freudianos. Por ejemplo, aduce que “Para que el amor sexual sea una vivencia de verdadero placer erótico, debe estar imbuido de belleza (simbolizada por Eros) y debe ser una expresión de los anhelos del alma (simbolizada por Psiquis)” Si, como popularmente se ha difundido, el amor sexual queda desvinculado de sus raíces clásicas –cultura que conocía y por la que sentía admiración Freud- podemos acabar simplificando el pensamiento del padre del psicoanálisis como una “obsesión” por la influencia del sexo. Versión extendida y alejada gravemente de la profundidad de los términos usados por Freud. De igual forma, y para fortalecer lo que  Bettelheim pretende mostrar, añade que “Al acuñar el término ‘psicoanálisis’ para designar su obra, Freud deseaba subrayar que aislar y estudiar los aspectos negados y ocultos de nuestra alma podemos familiarizarnos con esos aspectos y entender las funciones que desempeñan en nuestra vida.” Es decir, la importancia recae en el término “psique”, no como en las versiones inglesas en las que lo preponderante es el análisis, palabra que subraya sus connotaciones científicas.

Expuesto esto, el objetivo del post no es vilipendiar el trabajo de los traductores, sino muy al contrario destacar la difícil tarea que implica acometer una traducción fidedigna y consistente, una exegesis trasladada a otro contexto que preserve el significado originario, que sirva como referente veraz para los que no podemos, por desconocimiento de otras lenguas, acceder a los textos originales de pensadores que son ineludibles para entender nuestra época.

La importancia de las traducciones, el mérito y el casi nulo reconocimiento del reto cultural y lingüístico que supone acometer semejante empresa ha sido requerida por editores y traductores últimamente con más insistencia. Pero, cierto es, que lejos de otorgar el valor sustantivo de dicha actividad, sigue ninguneándose a los que con mucho bagaje cultural, conocimiento del autor al que van a traducir, y por supuesto amplio conocimiento de ambas lenguas –original y traducción- se consagran a esta menospreciada tarea. Tan solo, como en el caso que señala Bettelheim, cuando se cometen errores de distorsión grave del sentido originario de los textos, nos acordamos que hay personas que con estudio y esfuerzo se dedican a estos duros e ignorados desafíos.

De aquí que, quisiera rendir un homenaje a aquellos traductores que exigentes y conscientes de la sustancialidad de su trabajo nos otorgan la posibilidad de leer autores indispensables en nuestro proceso de aprendizaje ilimitado.

En el texto del que se parte en este post, quiero destacar el dignísimo trabajo elaborado por Antonio Desmonts, que sin prejuicios nos brinda esta crítica de Bettelheim a las malas traducciones; cuestión que considero no hace, paradójicamente, más que proporcionar a los traductores su papel fundamental y la necesaria justicia con la que merecen ser tratados aquellos que, asumiendo con exigencia y fidelidad su tarea, nos regalan joyas preciadas que, si no fuera por ellos, nunca podríamos haber contemplado, leído y reflexionado.

Así, tras el nombre del autor en portada, sería de cabal importancia  que apareciera el nombre del traductor, junto a su bagaje como tal y periodo de formación que le harán más o menos aptos para realizar determinadas  tareas.

Este escrito constituye, o pretende hacerlo, un homenaje a los grandes traductores que han descubierto la exegesis que comporta traducir y se han afanado en este desdeñado y crucial trabajo de difusión intelectual y cultural.

[1] B. Betthelheim, Freud y el alma humana, Crítica. Grupo editorial Grijalbo. Traducción de Antonio Desmonts. Barcelona 1983.

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