Penumbra

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Tras una amalgama de turbulencias, entre intuidas unas y otras no, vadeamos angustiados y abatidos por tierras movedizas que se obcecan en engullirnos, como si de larvas nimias y míseras se tratase. Obedecemos a un impulso de supervivencia que nos induce a la esperanza de resultar indemnes, pero la experiencia vital, en contraposición con esa pulsión, nos susurra que no hay luz, sino penumbra grisácea y asfixiantemente gaseosa que nos sumerge en un brete laberíntico.

Inesperadamente emerge un brío inaudito que nos impele a rebrotar, pero con la conciencia del tono amargo que no deberíamos ignorar, para que cualquier renacimiento no sea nacer, sino regresar sabiendo mucho de lo ya vivido -aunque siempre escaso- y recrear una existencia más digna.

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