Homenaje a Montserrat Bassas, profesora y educadora.

Un comentario

Érase una vez unas pre-adolescentes de diversa índole que por azar coincidieron en una misma escuela, allá por la década de los setenta, en la que pasaron unos años compartidos de infancia y de tránsito hacia esa etapa crucial de desarrollo o crecimiento  que es la adolescencia –origen etimológico del término que, en contra de lo que se cree, significa “el que crece”, no el que adolece o tiene carencia-

A ese grupo se fueron añadiendo algunas estudiantes más que tuvieron la fortuna de compartir el último curso de la enseñanza obligatoria, que por aquella época  finalizaba a los catorce años de edad.

Era un colectivo con subgrupos e intereses diferentes, como todo colectivo, pero al  que les unía una capacidad inmensurable de acogida, de respeto a la peculiaridad del otro, y que se interrelacionaban en este contexto común, desde la honradez de quien no rebusca beneficios propios, ni escudriña cálculos de utilidad.

Cierto es que ellas carecían de la conciencia plena del entramado humano que estaban tejiendo; simplemente porque actuaban desde la naturalidad que se manifiesta como es, y acepta de buen grado la diferencia del otro. Por ello, finalizado el curso y con un tesoro ignoto que cada una se llevó en su interior, iniciaron por separado la larga travesía vital que iba a azotar a unas y otras con la variabilidad que caracteriza la existencia, pero que, adoptando la forma que sea, a todas y cada una de ellas sacudió, moldeó y configuró durante una prolongada etapa vital.

Habiendo, pues, perdido aparentemente los lazos que las unieron sucedió que una profesora ejemplar, que compartieron todas el último curso de escolarización, se jubilaba. Alertada por la noticia, una de ellas tuvo la ocurrencia del siglo: intentar conectar con alguna de las compañeras para hacerle un detalle de agradecimiento a quien ejerció su profesión con una vocación educativa –respecto de la cual algunos sienten alergia hoy- que dejó una huella indeleble en el interior de cada una de aquellas niñas, hoy ya cincuentonas.

Quizás, lo que ninguna preveía era la convulsión que este rastreo de unas y otras, que iban uniéndose gracias a la nuevas tecnologías en un grupo de whatsapp, estaba en ciernes de generar en el interior de cada una a causa de lo que, sin saberlo, habían atesorado como un sustrato consistente durante aquellos años, y aquel último curso. Así es que, ante la estupefacción, pasmo y desconcierto, el reencuentro que iba sucediéndose gradualmente, se reconocieran de inmediato o no, fue aumentando los decibelios emocionales de quienes estaban desvelando el  gran vestigio que aquella experiencia había grabado como un tatuaje en sus almas.

Los mensajes que intercambiaron fueron miles –sin recurso hiperbólico- y las conversaciones evocaban momentos, expresaban la intensidad de sus emociones y ese vínculo que se regeneraba sin esfuerzo alguno. El entusiasmo no entorpeció el objetivo de aquel reencuentro y fueron elaborando un escrito con recuerdos y anécdotas que hacían referencia directa a aquella profesora que, sin saberlo y como último aldabonazo de su impronta educativa iba a revolucionar el patio con un sello final inestimable, no era otra que la estimable Montserrat Bassas. Empezaron a emerger fotografías añejas, junto a otras que mostraban la evolución aparente de las entregadas exalumnas; todo con el propósito de facilitar a Montse el reconocimiento de las que hallándose en un fulgor de recuerdos y remembranzas de una etapa inolvidable, se habían enredado en un estado casi onírico de esos que a menudo nos gustaría atrapar y convertir en realidad. Lo excepcional es que aquello constituía la percepción subjetiva, y por ello relevante, de lo que había implicado la relación entre el grupo, y en él la intervención de esa gran profesora.

Elaborado el “álbum de recuerdos y fotografías”, una representante, que tenía conexión directa con el entorno familiar de Montse, consiguió entregarle la preciada dádiva –por el afecto con que había sido gestada- y entrecruzando todas ellas los dedos y casi interrumpiendo la respiración, permanecieron a la espera de una posible respuesta. Y ¡cómo no, Montse no las decepcionó! Se mostró emocionada del rastro que había dejado en esas cincuentonas alumnas y se comprometió a acudir a la cita.

Este escrito es el preámbulo de esa regresión consciente a un espacio entrañable, que todas esperan con un entusiasmo desbordante.

Cabe añadir que pocos profesores son capaces por el afecto, el cuidado y la sensibilidad con la que tratan a los alumnos de dejar esa estela luminosa en el interior de mujeres ya adultas, y como bien sabemos azuzadas por la vida.

En este sentido queremos que esto sea un testimonio de que la educación es vincularse con autoridad y liderazgo con los educandos que desean crecer pero, obviamente, no saben cómo ni en qué dirección.

Y, por supuesto, y como principal objetivo realizar un homenaje público a Montserrat Bassas como ejemplo del saber hacer, estar y ser, que es lo que auténticamente transforma a las personas.

¡¡¡Gracias Montserrat!!!!!

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