La fisonomía de una urbe cualquiera

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La urbe se extendía por una explanada abrupta. Su fisonomía espejeaba los rasgos diversificados que delataban incisiones profundas en el espacio social. Una zona ornamentada de grandes chalets con jardín, piscina y cualquier otra variedad de boatos cuya profusión resultaba exorbitante; otro encuadre de edificios compuestos de pisos de generosa extensión y ciertas comodidades; y, tras esto, una progresiva degradación de las viviendas y los servicios en el resto de ubicaciones que ocupaban preferentemente la periferia.

Esta definición urbanística era, por lo tanto, el muestrario del poder adquisitivo de sus habitantes y con ello, se reconozca o no, las oportunidades de prosperar económica y socialmente en ese espacio común.

Abdalá vivía junto a su familia en un enclave de las afueras de la ciudad. De origen magrebí, era oriundo de la ciudad en la que se debatía por escapar de la marginalidad a la que parecía condenado. Los recursos económicos familiares exigían imperiosamente que se ocupara, sin remilgos, en cualquier oportunidad laboral que le surgiera. Pero, él era consciente de que esa opción perpetuaba la situación casi de exclusión de la que deseaba zafarse.

Estaba acabando su etapa de escolarización obligatoria y sus padres aguardaban ese momento con urgencia. Era un alumno brillante en algunas materias y, sobre todo, un sujeto con un ansia de saber para fortalecer sus recursos y posibilidades que no se resignaba a ese desdichado sino.

Su angustia ante el devenir próximo se intensificaba a medida que se aproximaba el final de curso. Sabía de la precariedad y necesidades de sus padres y hermanos, pero también poseía una fuerte convicción de que abandonar los estudios le recluiría de por vida en esa zona devastada. Lo servicios públicos eran escasos, no llegaba el metropolitano y desplazarse a cualquier zona de la ciudad implicaba un tiempo desorbitado haciendo trasbordo de autobuses. El centro de salud solo ofrecía la asistencia de los médicos de familia, para cualquier especialista o prueba diagnóstica se derivaba a los usuarios a centros mejor abastecidos, ubicados  en la zona media o alta de la ciudad.

Así, Abdalá se debatía entre el querer y la necesidad, entre la rabia de la impotencia y la rebeldía de quien no estaba dispuesto a continuar esa saga familiar de pobreza.

Lo cierto es que las becas estatales eran un engaño inútil e ineficaz, porque aun estando destinadas a estudiantes sin recursos, ni el importe, ni el plazo tardío en el que se cobraban, resolvía el problema de los que realmente carecían de medios económicos para estudiar y no trabajar –siendo un coste y no un ingreso para esas familias- Tampoco las Universidades facilitaban simultanear estudio y trabajo, ya que tanto los planes de estudio como los horarios, a veces de mañana y tarde, hacían casi irrealizable ese propósito.

Su ansiedad iba transformándose en un desánimo hondo. Sentía la injusticia inyectada hasta la médula y se lamentaba de que nadie se movilizara en los barrios más desamparados contra la negación de los derechos que reconocía esa Constitución democrática, la cual resultaba ser una impostación populista pero absolutamente irreal.

Se devanaba la mente rebuscando alternativas que parecían no existir. Oscilaba de la ira desatada a la mansedumbre de una extenuación vital. O, para ser precisos, un cansancio embadurnado de desvitalización, ante la oscuridad que se depositaba con contundencia cada día que transcurría.

La desesperación, la desigualdad de oportunidades para disfrutar de una vida mínimamente digna, le llevó a un atolladero: debía elegir entre existir como un borrego y someterse a la miseria que le imponía el sistema, o bien llevar a cabo un gesto de rebeldía que removiera las conciencias de los que como él padecían esa situación de marginalidad y de los que tenían en sus manos el poder de reformular una vida social más justa para todos.

Releía un fragmento de Zweig que contribuía a la idea que iba madurando con un exceso de convencimiento:

“Ambos perciben como nunca el poder inconmensurable del dinero, poderoso cuanto está y aun más poderoso cuando falta, lo divino de la libertad que puede conceder y lo diabólico de su burla cuando obliga a renunciar.”[1]

Se desprendió del libro bruscamente y abriendo la puerta de su casa se dirigió, sin vacilar, al descampado que se había convertido en el vertedero del barrio. Habiendo hallado lo deseado, encaminó sus pasos hacia el centro de esa urbe inhumana y desapareció entre el gentío.

Una era la noticia de los diarios locales, a la mañana siguiente, y el suceso que todos comentaban rozando el morbo:

“Un joven aparece colgado de la torre central de la Universidad, con un cartel que reza: ’por el derecho de toda persona a disponer de la oportunidad de salir de la miseria’. La investigación policial sigue en curso, basándose en declaraciones de personas de su entorno que lo habían percibido alicaído y muy desanimado en las últimas semanas. Se baraja la posibilidad de que sufriera alguna enfermedad mental”.

Y así, con esa superflua sencillez e ignominia se despacharon el suicidio de Abdalá. No se profundizó en las causas que habían provocado la fuga vital del muchacho. Probablemente, porque este tenía razón y quien podía, no quería hurgar en cuestiones estructurales, y quien quería solo se veía arrastrado por la  impotencia.

La urbe amaneció sin alteración alguna. Sus rasgos seguían perforando la vida de los habitantes y su fisonomía evidenciaba con más intensidad la desigualdad, la injusticia y el desprecio al que estaban condenados aquellos que poblaban la periferia.

Acaso el gesto radical de Abdalá no fuera en vano; pasados unos meses de la tragedia que lo liberó de una existencia que no quería, se constituyó una asociación de vecinos para reivindicar una serie de servicios básicos de los que carecían, desmantelar el vertedero y construir viviendas sociales, un sistema de becas realistas que posibilitara estudiar a quien no dispusiera de medios, facilitándole incluso unas horas de trabajo que complementaran la renta familiar.

Aamaal, la hermana pequeña de Abdalá, cuyo nombre significa esperanzas y aspiraciones, se benefició de esas mejoras por las que lucharon los vecinos y pudo acceder a la Universidad para estudiar Educación Social. Ella sabía que el espíritu de su hermano yacía siempre a su lado y que tenía la suerte de poder realizar esos deseos de Abdalá, que con su gesto hizo extensivos a todos los que vivían una situación similar. Tal vez nada fuera en balde.

[1] S.Zweig, La embriaguez de la metamorfosis. Acantilado. Barcelona, 2019

Plural: 6 comentarios en “La fisonomía de una urbe cualquiera”

  1. Buen trabajo este . El hábitat hace al hombre , en este caso. Es muy verdadero, que q pesar de que se dice que si una persona vale, su cerebro será lo que le haga superarse. Pero aquí está la prueba : ¿ como se puede pasar por encima de tantas dificultades y carencias comknlas que tiene cualquier barrio de la periferia de cualquier ciudad ?
    La periferia es un mundo aparte. S . Swanz toca en el centro.

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