Del «tempus fugit» al dinero fugaz como lo nuclear.

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Ayer, en una conversación irónica cuyo contenido está arraigado en una experiencia de urgencia y precariedad, alguien muy especial para mí, me decía que lo fugaz no es el tiempo, sino el dinero. Las risas cómplices no nos distrajeron, a cada uno en su interior, de la tragedia que subyace a esta afirmación: no son momentos para la lírica, porque primero necesito dinero para obtener libros de lírica. Esta es una transformación libre y propia de la angustia y la inquietud que se evacuan revestidos de humor, pero que no menoscaba la materialidad que viven los jóvenes, y otros que no lo son tanto.

Tiempos que casi desearíamos que fueran raudos se están convirtiendo en una lacra social, si tenemos en cuenta la manera en la que muchos han enganchado la crisis económica del 2008 con la crisis por la pandemia. En este sentido, cierto es que los tiempos no se diluyen porque lo que les sigue es más de lo mismo, durante una línea que parece tender al infinito. Por el contrario, lo que no dura ni un parpadeo es el escaso dinero que tantas horas de trabajo cuesta conseguir y que no cubre ni para subsistir, con esos sueldos que, por mucha reforma laboral, obligan a buscar convivientes de interés para poder sentir la sensación de que, al menos antes de los treinta o más, x persona ha conseguido abandonar el hogar parental. Y esto, está sucediéndole a jóvenes al margen de su nivel de cualificación, con una excepción: los que se han formado en el campo de la tecnología.

El mensaje es tajante y claro: el futuro está en los que sean capaces de manejar las nuevas tecnologías y mejorarlas. El resto subsistirán con suerte. Pero para ascender económicamente en lo tecnológico, lo último que se espera del ingeniero, informático es que posea escrúpulos morales. Buscan individuos que hagan lo que se les dice, porque son los que tienen capacidad para hacerlo, pero no que se planteen el uso de lo que, con ese producto genial tecnológicamente, se hará. En otros términos, si fugaz es el dinero y el tiempo es vivido como reiterativo, la ética y la moral son artefactos ajenos al quehacer científico-tecnológico. Esto no es un señalamiento exclusivamente a los agraciados que se dedicaron a lo que cunde económicamente —que obviamente se someten por interés particular al perverso funcionamiento de un sistema que le favorece, con algún remordimiento o ninguno—, sino a un sistema que siendo capitalista va readaptando el mercado y los productos buscando siempre el máximo beneficio. Así funciona la economía capitalista, que parecer un organismo vivo atravesándolo todo. Pero ¿Quién toma las decisiones? ¿Quién pone sentido crítico? ¿Quién vela por lo Otros, sin los que ellos no son nada, ni nadie? La respuesta es clara: quien posee el capital, tenga la manifestación que tenga en la actualidad, y por tanto el poder. ¿Y la ética? ¿Y el sentido de lo político, de lo comunitario? Ausentes, porque si se distraen con esas banalidades sensibleras les sucederá  que, como a los Otros, lo que se convertirá en fugaz será el dinero.

¿Pesimista? Al parecer estamos viviendo en los últimos tiempos de la naturaleza, de nosotros mismos como animales humanos (no olvidemos, somos “trozos de naturaleza”); como dice el Poeta Hölderlin: “Amigos, en efecto, hemos llegado demasiado tarde”. ¿Hemos llegado tarde al parecer porque es imposible superar la escisión nihilista, y que aumenta, de la destrucción capitalista en la que vivimos? De lo que se trata hoy es de disolver al capitalista que habita en nosotros mismos para que acontezca una Revolución del NosOtros[1]. Y este quehacer que consiste en destruir al capitalista que todos llevamos dentro es nuclear, porque solo desde la re-construcción, tras la desconstrucción, de quiénes somos, será posible que se geste una comunidad, en el sentido de lazos que están necesariamente llamados a dotarnos de la consciencia de que nuestra interdependencia. Mas, no es un reto ni a alcanzar inmediatamente, ni sencillo, aunque como afirman Espinoza Lolas y Roa Hewstone[2]El “olvido de la filosofía” consiste, entonces, en haber perdido la capacidad de dar cuenta del dialogo sordo entre Occidente y su filosofía acerca de nuestro real trance epocal signado por una comprensión del presente se comprende a partir de la dominación del antropologismo, y en ello, de la economía y la técnica. Por tal motivo, la retirada que promueven Nancy y Lacoue-Labarthe no se refiere a una determinada política o técnica específica sino a la totalización del pensamiento tecnificado”.

Siendo, tal vez, tajantes: o nos anegamos en la corriente hegemónica o nos desprendemos desde el tuétano de los huesos de ese pensamiento único tecnificado. Así, quizás, algo girará en otro sentido y lo fugaz volverá a ser el tiempo, y no solo eso, sino que lo nuclear será la fugacidad del tiempo.


[1] Espinoza Lolas, Ricardo. https://www.theclinic.cl/2019/09/02/capitalismo-o-naturaleza-dedicado-a-los-tres-grandes-lideres-del-lado-oscuro-de-la-fuerza-trump-bolsonaro-salvini-y-alguno-otro-mas/

[2] Espinoza Lolas, R., Roa hewstone, Carlos. Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política N.º 62, enero-junio, 2020, 191-206, ISSN: 1130-2097 https://doi.org/10.3989/isegoria.2020.062.10. Este artículo forma parte del Proyecto FONDECYT nº 1170454: “Realidad y arte en Zubiri”. Además, cuenta con el apoyo del Programa de Capital Humano Avanzado de CONICYT.

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