Ante la incertidumbre, el eterno retorno

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La oscuridad no cede aún el paso al alba, resistiéndose con una tenacidad abrumadora nos mantiene en el umbral de la incertidumbre con una nimia esperanza. La costumbre nos induce a creer que saldrá el sol, porque hasta ahora siempre ha sido así, decía el escocés Hume; no, sin el asombro de todos los que sentían la falsa certeza de que así sería. Hoy son tiempos diferentes, como siempre que hablamos de antaño, en los que la posibilidad de x ha decrecido en probabilidad, ante el crecimiento del abanico de posibilidades, que serían casi infinitas. Ya no negamos contundentemente que algo pueda suceder —este poso dejó en muchos la pandemia—, y existimos en una amalgama indiferenciada de contingencias que nos impelen a gozar y saborear intensamente de los momentos plácidos, como la ultimidad; porque sabiéndolos finitos y desconociendo en tiempo fijado de su finitud, degustamos cada instante como si fuese el postrero placer que nos resta. Aunque, a base de vivir con esa vehemencia, recreamos eso a lo que debía denominar Nietzsche el eterno retorno. ¿Qué otra cosa cabe hacer? Tan solo, deleitarnos del instante benévolo con los otros, ya que esa conexión es, tal vez, la fuente del mayor regocijo.

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