El diálogo es una quimera en estos tiempos de posverdad que habitamos. Según su etimología: “nos encontramos con un objetivo, ya que para los griegos de la antigüedad este vocablo hacía referencia al proceso de conocimiento mediante la palabra. Así, el prefijo dia- comprende un -a través de-, en este marco al respecto de la palabra, y logos señala explícitamente el saber manifiesto.”[1]. Es decir, el diálogo -hagamos más o menos énfasis en otras interpretaciones etimológicas del término- el intercambio y flujo entre dos o más participantes es un proceso -así lo fue para Sócrates- que tienen lugar mediante la palabra en la que el saber es lo que está en juego y el propósito aproximarse a la verdad.
Si partimos de los expuesto, hoy no existe diálogo en el ámbito público, ni tan siquiera, a menudo, en el privado. Compartimos pareceres con los que sostienen perspectivas semejantes a las nuestras -sean cuales sean-, lo cual solo retroalimenta la endogamia del discurso y nos aleja de ese saber inalcanzable en sí mismo, pero del que esperamos que sea lo más crítico y objetivo posible. Los que no concuerdan con nuestros planteamientos acaban desmereciendo burdamente al mensajero, lo cual evidencia su falta de argumentos, ya que pueden sentir su orgullo herido y en un ataque impulsivo de diferentes naturalezas, nos despachan con palabras zafias.
Obviamente esto es bidireccional. Nadie tiene la verdad absoluta, porque no la hay, pero si podemos distinguir entre versiones más fieles a esos hechos, que no podemos percibir objetivamente, si lo que utilizamos es el diálogo como proceso de contrastación entre diversas visiones que pueden llevarnos a reconocer algunos aspectos en común sobre el objeto de conocimiento, o a constatar que estamos lejos aún unos y otros de explicaciones verosímiles que puedan aproximar posturas. Entonces, solo hace falta más diálogo.
En nuestras sociedades -nuestros conocidos y amigos, inclusive- hay creencias tan arraigadas que el diálogo no es posible; hay una falta de reflexión, de maduración de lo repensado, que lleva inexorablemente a sostener posturas que en cierto sentido rayan el fundamentalismo, y que tras una cierta disputa verbal se finaliza con el famoso argumento de es mi opinión[2]. Y aquí topamos con el sacro individuo que no puede ser, para según qué, herido en la defensa de sus ideas que no son más que una compota con sus emociones.
La experiencia pensada, reflexionada y madurada -incluidas las emociones que determinado hecho puede suscitar- pueden constituir parte de los argumentos que un individuo profiera para sostener una determinada perspectiva. Lo que no pueden las emociones es convertirse en fundamento de la argumentación, porque son absolutamente subjetivas y condicionadas por una multiplicidad de factores.
Actualmente, pocos defienden una racionalidad que no esté arraigada en la experiencia, en la vivencia de colectivos mayoritarios o minoritarios. Sin embargo, tampoco se puede sostener que la razón haya dejado de ser mediante esa palabra, que es lenguaje estructurado, una facultad insustituible para argumentar y, en consecuencia, poder entablar un diálogo.
No obstante, y esta es la hipótesis del artículo, el diálogo es imposible. Lo es en el terreno político, social, económico, e incluso familiar -sea cual sea la naturaleza de esa familia-. Y, probablemente, porque nos hemos enaltecido individualmente y recurrimos a cualquier estrategia, por turbia que sea, para decir la última palabra, paradójicamente como si fuese dogma de fe.
Decía Nietzsche: “Son nuestras necesidades las que interpretan el mundo: nuestros instintos, su a favor y su en contra. Cada instinto es un tipo de dominación, cada uno tiene su perspectiva que querría imponer como norma a todos los restantes instintos”[3] En otras palabras, la perspectiva desde la que el individuo observa el mundo, movido por la necesidad de satisfacer el instinto de vida, induce a la autoafirmación y convicción de que las cosas son así, motivo por el que intenta imponerlo para garantizar su poder y no su sometimiento. Con lo cual la fuerza del individuo no nos lleva al diálogo, porque este es imposible -desde la visión nietzscheana- e innecesario-. Mas no solamente es una clarividencia del genio alemán que el individuo ha pasado a ser el núcleo y el referente moderno, sino que constituye hoy en día prácticamente un consenso.
En consecuencia, mi defensa del diálogo como fuente de acuerdos que permitan la convivencia en sociedad, superando conflictos y enfrentamientos baldíos, se asemeja más a un cántico romántico que a una posibilidad. Parece claro que el mundo humano no funciona en base al diálogo y que, además, lo que prevalece son los intereses y el poder de imponerlos de individuos o grupos minoritarios con poder económico.
Sin embargo, no podemos abandonar el posibilismo de que aún tengan cabida formas de funcionamiento comunitario que no excluyan a la mayoría de la población mundial, y en nuestros estados a nuestra mayoría empobrecida y a minorías por cuestiones de otra naturaleza.
Si contribuimos a este desgajamiento de las sociedades y sin levantar la voz permitimos que prolifere el engaño, en lugar de mostrar que nos necesitamos unos a otros y que tal vez no sea la competitividad y el domino del otro la mejor forma de convivir, deberíamos recluirnos en ese nihilismo pasivo y devastador que denunciaba Nietzsche.
[1] https://etimologia.com/dialogo/
[2] https://filosofiadelreconocimiento.com/2023/04/10/argumento-incontestable-es-mi-opinion/
[3] Nietzsche “El nihilismo: escritos póstumos”. Ed Península.pg. 61, selección y traducción de Gonçal Mayos, siguiendo la numeración de los fragmentos de Colli y Montinari del volumen de las obras completas, sección VIII.
