Buscando «la piedra filosofal» -relato-

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Los bosques espesos tienden a ocultar la diversidad de elementos que en ellos se hallan. Ese fue el motivo por el cual James decidió cambiar su hábitat y, huyendo aterrorizado de la urbe, se trasladó a un lugar anónimo. Construyó una especie de cabaña con ramas y maleza, buscó la manera de apañar un lecho casi cómodo y su vida se convirtió en la de un neandertal. No tenía más preocupación al levantarse con la salida del sol de buscar la pieza que comería ese día. Después, se entregaba al concierto de sonidos del bosque junto con la panorámica de un cielo en el que las nubes cambiaban y parecían reconstruir historias como si fuesen un gran libro que iba escribiéndose de forma espontánea.

No sabe cuánto tiempo pasó viviendo así, ya que se había despojado de relojes y calendarios y acabó perdiendo la cuenta de albas y ocasos contemplados. Era una vida tranquila, aunque con sus riesgos. Si no salía a cazar no tenía qué comer, aunque alguna vez recurrió a plantas que supuso que podían ser comestibles. Tampoco disponía más que del agua del riachuelo para curar sus heridas y, en alguna ocasión, éstas demandaban algo más, aunque acabaron sanando.

Sin embargo, huido de esa intensa carrera diaria que era vivir en sociedad, conforme fue pasando el tiempo empezó a percibir cierta tristeza que fue creciendo hasta poseerlo todo. No había imposición alguna que tuviera que cumplir, hacía lo que le apetecía, pero transcurrido un determinado periodo de entusiasmo, su existencia empezó a caer en una monotonía que lo aplastaba.

Se esforzaba por entender qué le sucedía, pero a la tristeza le siguió la angustia y se sintió atrapado entre los altos árboles y la espesura de aquel bosque que fue, inicialmente, su paraíso. Era incapaz de discernir con serenidad porque había caído en el pozo de la desazón y la melancolía. Podía quedarse allí, dejarse ir, que ya llegaría lo que inexorablemente nos llega a todos, o tomar una decisión al respecto. Sabía que la única alternativa era volver a la ciudad, y buscar, una vez allí, la manera de subsistir para comprobar si lograba, como así había sido en otros momentos, que un ejercicio de introspección le permitiera entender qué le sucedía, por qué se sentía abatido y ansioso, de qué carecía.

James recogió su mochila y algún enser que en su día se llevó al bosque y se dispuso a regresar a la ciudad, sin convencimiento, pero sí dispuesto a no morir de pena. Así que, tras caminar durante dos días, vislumbró edificios, casas y, en definitiva, indicios de civilización, esa que abandonó por incapacidad para soportarla. En las afuera de la urbe encontró un grupo de personas que vivían de manera improvisada en tiendas de campaña, alrededor de una fuente de agua y en condiciones que le parecieron deplorables. Nada que ver con su vida en el bosque. Eran algunos de los excluidos del sistema que se habían adaptado a la única forma posible de subsistencia que parecía quedarles. Lo acogieron a cambio de que aportara su esfuerzo recogiendo chatarra para venderla y poder adquirir los alimentos necesarios. James agradeció la hospitalidad y se mostró dispuesto a trabajar a fondo.

Adaptado al nuevo entorno, la presencia de otras personas que le expresaban su rabia y su lamento por el tipo de vida que llevaban, a la vez que experimentaba los momentos jocosos y de descanso compartido, se apercibió de que la serenidad había vuelto a instalarse en su interior. Cualquiera, sus mismos nuevos compañeros, hubieran dicho que aquello era un tipo de vida miserable que nadie merecía, sin embargo, a diferencia de su vida aislada, entendió que por difíciles que sean las condiciones de vida, lo esencial era la presencia de los otros. Eso era lo que había cambiado a mejor.

No minimizaba la deplorable situación de esas personas, entendía que deberían tener la oportunidad de vivir en mejor situación. No obstante, su mente discurría cómo era posible una existencia en la que trabajaras lo suficiente para vivir en compañía de otros humanos, sin caer en la vorágine de la que él huyó hace ya mucho tiempo. Ese era el tipo de vida que quería tener: esforzarse para tener una vivienda y alimentos, y poder simultáneamente enriquecerse y disfrutar del contacto con otros humanos. Ahora ya sabía que era de eso de lo que no podía prescindir.

Empezó a expresar sus ideas sobre lo que debía ser la vida: cuánto trabajo y para qué, sin caer centrifugado por una espiral competitiva que había estado al borde de asfixiarlo. Lo cierto es que cuando iniciaba sus peroratas parecía un Zaratustra vociferando al vacío, un iluminado, un loco que carecía de contacto con la realidad. Sin embargo, él no decaía en su empeño de mostrarles que, aunque aún no tuvieran una vida deseable, lo importante era buscar la manera de mejora determinadas condiciones, pero sin renunciar nunca a que lo prioritario era el poder fluir con los otros, afectarse mutuamente, enriquecerse y darse lo que solo un humano puede darle a otro.

Lo cierto es que, como todo tiene un final, acabó siendo el ido de los marginados, y se apercibió de que al igual que en la maraña de la urbe, unos abusaban de los otros si podían, ejercían su poder y se quedaban con más parte del material adquirido que otros. Se habían convertido en incuestionables y nadie osaba levantar la voz.

James descubrió que lo que nos mata está en nosotros mismos, que las ciudades, la sociedad no es más que un amplificador de nuestra condición ambivalente y ambigua. No obstante, esta vez no se desfondó, porque comprendió que la mejor manera de vivir era aspirar a necesitar lo mínimo y buscarse la compañía de algunos, y rehuir la de otros.

Su travesía fue larga, aunque ¿quién no necesita toda la vida para saber cómo debería haber vivido, cuando ya se nos escapa casi el último hálito? A pesar de todo, ahora estaba en paz porque sabía lo que quería y estaba dispuesto a luchar por ello el tiempo que le quedara de existencia. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar y vivir refluyendo con los otros y llenándose de la luz ajena, que acababa siendo su propia luz, como un acto de generosidad recíproco.

Al cabo de un año. lo hallaron sin vida recostado en el portal de una chabola. Los que convivieron con él este último periodo decían: vivió un año ¡pero qué año! Y descansaron con él porque estaban convencidos de que había llegado a degustar con su fino paladar la vida que tanto había deseado.

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