A lo largo de la historia, diversos pensadores, poetas y escritores han proclamado que el hombre estaba condenado a la libertad, a morir, …considero que sintetizando todas las posibles condenas que se han formulado, diría que el hombre está condenado a ser humano. Esta aseveración, que parece una obviedad, adquiere todo el sentido si nos aproximamos algo a lo que significa ser humano. Hablo de aproximación porque la tematización de lo humano sigue estando candente, y dudo que deje de estarlo, porque no hay una respuesta unívoca, “verdadera”, sino intentos de captar qué nos hace humanos. Y como a esta cuestión no hay, ni puede haber, una respuesta simple y única, la reflexión seguirá siempre palpitando.
Ser humano, que es nuestra condición y nuestra condena, implica ser una materialidad corpórea sintiente y racional, contradictoria, incoherente, ambigua, desde cuyo lugar desea y actúa. Sujeta siempre a un fluir y un cambio, como toda materialidad, cuyo curso podemos percibirlo como impuesto, aunque haya un umbral importante que podría depender de nuestra decisión, aquella que asumimos con la fortaleza de una convicción deseante.
Sin embargo, como seres contingentes, pataleamos por salir a flote y evitar ahogarnos, ya que sabemos que será nuestro fin. Y ese miedo al ahogo, a hundirnos en aguas profundas nos vuelve seres débiles, temerosos y fácilmente manipulables. Con un estómago capaz de metabolizar lo que nos echen.
El humano posee también fortaleza, el poder del deseo, la necesidad de vincularse con los otros; cualidades que podrían afrontar con negativas aquello que acontece y de lo que no deseamos formar parte: mentiras, traiciones, manipulaciones, asesinatos.
Somos existentes capacitados para lo más excelso y lo más depravado, y lo asumamos o no, podemos ser sujetos, actores que naveguen por ese fluir, que es la existencia, construyendo lugares habitables para todos o convirtiéndonos en los mayores verdugos de los otros.
Estar condenados a ser quienes somos es un fluir sin determinación definitiva, es el síntoma de que no somos una malformación de la naturaleza, sino de que nuestro ser es gerundio, y siempre nos re-creamos en cada acto que realizamos y cada camino que tomamos.
Somos responsables de lo que vamos siendo, algunos más que otros por las circunstancias, pero todos, en última instancia, poseemos la elasticidad de ser diferentes, de ir cambiando según vamos existiendo, y de hacerlo en el sentido que elegimos. Ser humano, como a veces se hace, no legitima todo, por muy precarios que nos queramos mostrar en ocasiones, sino que porque somos humanos podemos ir siendo a partir de nuestras decisiones algo parecido a lo que desearíamos ser.
Aquí podría objetarse que algunos humanos desean ser monstruos. Bien, cualquier respuesta parece una mera opinión, sin embargo sostengo que un humano que ha saboreado el sabor amoroso de otro humano no desea ser un exterminador, ya que el auténtico alimento que nos sostiene son los otros.
