¿Reyes Magos?

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La noche de Reyes o la llegada de estos la madrugada del 5 al 6 de enero es una de esas “cosas” que los padres explican a sus hijos para que se porten bien, igual que lo de Jesús, me recriminó un niño con tres años y medio. Cuando alguien te habla con absoluta sinceridad y desde el ansia de saber, no puedes no concederle lo verdadero a sus preguntas.

El tema creo que tiene más enjundia de lo que aquel sabio bajito intuía en aquel momento. ¿Por qué les contamos relatos mágicos, haciendo que formen una parte crucial de sus vidas, sabiendo que tendremos que desmentirlos, tarde o temprano, y que generará frustración, falta de confianza y la sensación de que por ser niño se les trata como a tontos?

Tendemos a criar a los niños en una burbuja de cristal, que tras romperse se clavará en su piel. No necesitan la magia para tener esperanza, porque ésta debe poder generarse desde el sentir de cualquiera tocando y mascando la realidad. Si no somos capaces de tener sueños o esperanza en algo por lo que nos esforzamos, tal vez somos individuos centrifugados permanentemente. No salimos del ego, para com-partir con los otros, y nuestra mirada se queda estrábica. No hay elevación más allá del propio yo, no hay horizonte, no hay otro. La problemática reside, entonces, en cómo estimular la esperanza o la confianza en el querer o deseo propio y valorar que la lucha por conseguirlo vale la pena. Aunque solo sea el proceso, y no haya recompensa.

La magia no es necesaria para llegar a valorar la vida, ya que ésta es de todo menos mágica.  Vale, puede haber un instante que lo sintamos mágico, pero no es más que un punto en un conjunto de líneas-curvas infinitas. Y menos aún, llevar a creer a los niños que los Reyes Magos son tan buenos que nos traen “cosas”. Insistiendo, consciente o inconscientemente, que eso nos hace felices, las cosas, no los otros. Además, la constatación de los niños de que parece que a los que más tienen, más les traen, no tarda mucho en asomar en la mente de los pequeños, a no ser que sepan a los siete años como mucho, quienes son esos reyes. La injusticia incomprensible que supone ese desequilibrio que espejea las desigualdades sociales puede dañar más que beneficiar creer en la magia.

El mundo no es mágico, antes bien, la lógica que lo rige es irracional para unos y extremadamente racional para otros. Racional desde un punto de vista instrumental y de consecución de beneficios para uno mismo, irracional si atendemos a que de toda la riqueza del planeta esté injustamente repartida por una élite minoritaria para su manejo y poder. Cierto es que parece una contradicción referirse a una lógica irracional, pero por desgracia sería hasta capaz de definirla: sería aquella que basándose en implícitos que benefician a quien la aplica, da como resultado algo escasamente racional, siempre y cuando entendamos que la racionalidad debe estar cuando se use al servicio de la justicia, nunca de la injusticia.

Esta lógica egoísta es la que el capitalismo ha impuesto, proporcionando poder a quienes tienen más bienes y dinero, y desarrollándose, en consecuencia, todo para mantener esa superioridad minoritaria crematística y de dominio.

La magia y la realidad no van de la mano. Sostener que en la realidad emerge la magia cuando menos lo esperamos es no querer ver la realidad y no educar a los niños para ella. Aunque la presión social y cultural es enormemente persuasiva.

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